Perros en la frontera


Por fin, tras ligeros contratiempos, estamos en Chicago. La ciudad nos ha recibido con la luz apagada y a punto de irse a dormir, llegamos tarde como de costumbre, incluso atrasando una hora nuestros relojes por el cambio de huso horario. Todo se remonta a esta mañana, cuando hemos hecho la colada en el hotel de Toronto -a petición de John- en lugar de hacerla a nuestra llegada a Chicago. Con todo ello, hemos salido a mediodía de la ciudad, con la nostalgia que despierta despedirte de un sitio en el que has compartido buenas experiencias, aunque haya sido por un espacio de 36 horas.

A pesar de las indicaciones sobre los riesgos penales de conducir a mayor velocidad de la permitida, John y Charly han mantenido una velocidad constante de 80 mph en toda la travesía, lo cual se ha notado en una etapa de 820 kilómetros en la que teníamos el tiempo en contra y había que llegar a una hora prudente. Curiosamente pasamos por una pequeña localidad llamada London a mediados del tramo canadiense. Queríamos comer en Detroit, pero estas cosas suceden así, aún nos quedaban 200 kilómetros para llegar a la Ciudad del Motor. El área de servicio era bastante completa, con un restaurante estilo Fosters Hollywood. Los platos eran bastante caros, por lo que nos pusimos las botas por un poco más en un buffet bastante completo que ofrecían. Debe ser verdad eso de que los deseos se hacen realidad si los pides insistentemente, pues Chusy llevaba pidiendo un buffet prácticamente desde que aterrizamos en Nueva York. Su cara era un cuadro, estaba a punto de llorar al ver lo que podía dar de sí ese restaurante.

A eso de las 18:00 llegamos a la frontera. Sabíamos que el monstruo estadounidense de final de fase era más difícil de superar que el canadiense, pero no sabíamos que era para tanto. Perdonadme mi osadía, pero el periodismo gonzo que me inculcó hace tiempo mi amigo Arturo me llevó a grabar con la videocámara al policía de la aduana mientras nos pedía los pasaportes, el documento de la ESTA y los papeles del coche. Al final acabó pillándome y los nervios se empezaron a palpar en el ambiente... cogió la videocámara... la apagó... y nos mandó que aparcáramos cincuenta metros más adelante, justo donde un policía chicano de apellido Porras nos pedía las llaves del vehículo y nos mandaba a una oficina mientras ellos desvalijaban el maletero a su antojo sin ninguno de nosotros presente para ver si cometían alguna irregularidad. Eso en España es ilegal y, si no, que venga la Guardia Civil y lo vea.

En la oficina estuvimos acompañados de indios, bangladesíes, filipinos y sudamericanos con caras largas. La nación más poderosa del mundo nos tomaba por sospechosos, se resistía a tenernos entre su gente y nos entretenía con un policía cachondo que se parecía a Brendan Frasier, se descojonaba por todo y nos inflaba a preguntas de lo más estúpidas mientras todo lo que le sucedía a Pegaso quedaba fuera de nuestro alcance. Por fin, tras permanecer su media hora con una familia numerosa de Oriente Próximo, nos daban el aprobado y nos despedía una policía negra gorda que jugaba a la Nintendo DS mientras nos pedía cuatro dólares, no se sabe si por peaje o por qué otra razón desconocida.

El ambiente se calmó una vez pisamos Detroit. Ya desde el aparcamiento nos estábamos planteando si merecía la pena estar allí o partir definitivamente hasta Chicago cuando mantuvimos una corta conversación con el vigilante:

- ¿Es la primera vez que venís a Detroit?

- Sí, así es.

- Pues tened cuidado con los negros. Son muy peligrosos.

Esa intranquilidad se vio acentuada paseando por los bulevares de una ciudad anclada en los años 80, cuando era uno de los motores de la economía americana. Rascacielos anticuados y ennegrecidos por el humo, casas de renta antigua camufladas por graffittis tamaño XXL y desolación en unas calles prácticamente vacías era la presentación de la para nosotros desconocida metrópolis. Decidimos descansar un poco tras el atrabiliario viaje en un pub cercano al estadio de béisbol de los Detroit Tigers. Jim, el camarero y jefe del bar, fue de lo más ameno y servicial que hemos encontrado en este país. Desde un primer momento nos estuvo aconsejando rincones de la ciudad a visitar o sitios donde salir por la noche, a pesar de haberle recalcado que en menos de dos horas nos íbamos a Chicago. Resulta sorprendente la facilidad con la que los americanos entablan conversación con los turistas europeos y la admiración que sienten por nuestro continente. Nos invitó a unos chupitos de bourbon mientras nos aseguraba que había apoyado desde el primer partido a España en el mundial de Sudáfrica y que estuvo seguro casi siempre de que iba a conseguir la copa. Se ganó nuestra amistad y camaradería cuando nos pagó los tickets del monorraíl que atravesaba el centro de la ciudad para que tuviéramos un grato recuerdo de nuestra estancia. Resulta tan grato encontrar gente tan amigable y servicial que, a fuerza de recorrer el país, va cambiando progresivamente la imagen tópica que tenemos sobre el mismo. Incluso nos arrepentimos de haber pegado una pegatina de la web en su impoluto servicio tras el trato que nos había ofrecido.

El monorraíl supuso la primera vez en nuestra vida que montábamos en un transporte de este tipo. A nuestra mente vino aquel famoso capítulo de Los Simpson y le auguramos un futuro similar al tener la utilidad reducida, con la máquina circulando en un sólo sentido ¿Y qué sucede si uno quiere viajar a la estación anterior? ¿Tiene que dar toda la vuelta a la línea? El sol se había puesto por completo y, tras visitar el distrito financiero y de ocio de la ciudad, volvíamos a su cara más siniestra y peligrosa, el lado salvaje de la ciudad. Llegar al Cadillac, despedirnos del guardia de seguridad y abandonar la ciudad fue todo una acción.

La segunda parte del viaje fue menos intensa, pues la escasa luz de la noche te impedía circular a gran velocidad, y el tráfico tampoco estaba por la labor de ayudarnos. Siempre nos planteamos llegar a una hora prudente a la ciudad de destino y empezar a verla por encima, pero no hay día que no lleguemos a la recepción del hotel con la medianoche bien pasada y olvidada.

Aún habiéndonos prometido desde Aer Lingus que enviarían la maleta al hotel de Chicago, seguimos sin saber de su verdadero paradero. Charly se enerva cada vez más con su incompetencia y nosotros nos preguntamos si la maleta llegará a completar la Ruta 66 un día después que nosotros. A pesar de los pesares, brindamos con vino australiano desde la suite que nos corresponde, la mejor con diferencia desde que comenzamos el viaje, con una cama King Size para cuatro personas y un sofá cama, su televisión de 42 pulgadas y otros caprichos que no nos han costado muy caros. Estamos en Chicago, la Ruta 66 comienza aquí y todos los preparativos han llegado a buen puerto. En dos días comienza la segunda parte de la aventura, la histórica.

DATOS DE INTERÉS:

- Entrada al monorraíl de Detroit: 50 centavos.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegro que finalmente fuerais para la 313, y estuvierais cerca del estadio del mejor equipo de beisbol: los Tigers!
que lo paseis bien por Chicago y disfruteis de esa ciudad, haceros una foto en la pelota esa de espejo!!!! jajaja, visitar el united center y acudir a alguna Rave, que son originales de alli.
Un saludo, y como siempre digo, cuidaros!
PiKa

el violador de camioneros dijo...

joder como ha cambiado el cuento.....

Anónimo dijo...

Ajjjjj y aquí en Madrid: calor, moscas y currando (y gracias); ¡¡¡qué envidiaaaa me dais!!!.

Chaveas seguramente este sea el viaje de vuestra vida así que ¡¡¡disfrutadlo a topeeeeee!!!.

Salud

Er cuñao de uno ;-)

Rocío dijo...

Que cabrones los de la frontera, por lo menos no se quedó el coleguita con la cámara! seguid así de bien y disfrutad a tope! estáis haciendo historia,,,las visitas cada vez suben más y sobre todo desde USA!
se os quiere!!!
besazos!!! estoy muy orgullosa de vosotros!!!

ISA (XUSI) dijo...

JOER QUE DE HISTORIAS.
OS QUIERO MUCHO. GRACIAS POR LA PACIENCIA DE CONTARLO TODO CADA DIA. ME ALEGRO DE QUE ESTEIS BIEN Y JUNTOS.
BESAZOS PARA TODOS
ISA (XUSI)

Anónimo dijo...

Una vez más, otro gran artículo, Jose. Leer este blog cada día es un soplo de aire fresco en la monotonía de agosto en Madrid. Arthur

Anónimo dijo...

Hoooola!
Somos mama y Paz, estamos en el pueblo con Claudia, con un calor insoportable, de día no se puede salir a la calle.
Mama es una seguidora fiel de tu blog y yo entro cuando me deja tiempo Claudia.
Nos alegramos mucho de lo bien que lo estáis pasando, vaya aventuras!!, lo de el periodista gonzo con cuidadito por favor, que nos asustas.
Oye y por favor dejarle ropa a Charly, el pobreeee, tantos días sin cambiarse. Jeje, bueno a ver si se la devuelven de una vez, menuda put…… .
Bueno que os deseamos lo mejor, cuidaros mucho y seguir disfrutando como lo estáis haciendo .
Un besazo, Mama, Claudia y Paz

Anónimo dijo...

HEMOS LEIDO EL BLOG COMO HACEMOS TODOS LOS DIAS, TENER MUCHO CUIDADO QUE ALLI LA GENTE NO ES IGUAL QUE EN ESPAÑA.LA CAMARA ¿LA HABEIS ENCONTRADO? POBRE CARLOS CON LA MALETA QUE MALA SUERTE! POR AQUI ESTAMOS TODOS BIEN, PERO CON MUCHAS GANAS DE VEROS.ESPERO QUE LUKE ESTE YA BIEN DE SU CAIDA.GRACIAS POR CONTARNOS TODO TAN DETALLADO MUCHOS BESOS (BEA, ISA, MAMA Y PAPA)

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