Atrapados en Oklahoma City


El cambio continuo de dormitorio acaba provocando cierta confusión en los primeros segundos tras despertar en un nuevo día. Tu cabeza se aturde por un momento y te preguntas "¿Dónde estoy?". Cinco minutos después se vuelve a la realidad, y aunque el dinamismo en un día normal cuesta un tiempo de adaptación, en Ruta lleva menos tiempo al saber que media hora perdida es un rincón que quedará por explorar, quizás para siempre.


Si hay algo que quedará marcado en mí hasta que empiece a perder la memoria, es que el primer café que tomé en América fue de los peores -por no decir el peor- de mi vida. El motel donde nos alojábamos, a falta de desayuno, tenía un termo junto a la recepción, y es que el concepto de lo básico jamás había sido llevado a tales extremos. Paseando con la maleta junto a la piscina nos quedábamos con las ganas de darnos un baño, y ya van dos hoteles en los que desaprovechamos ese servicio con unas temperaturas a primera hora de la mañana de 90º F, sacad el conversor y calculad lo que es eso en Celsius, que yo no tengo ganas de hacerlo. El tema es que la ruta de hoy contaba con unas 65 millas menos que la etapa anterior y queríamos aprovecharla al máximo. Dejamos Joplin, un pueblo grande sin mucho atractivo, para adentrarnos en Galena, donde se encuentra una pequeña tienda llamada 4 Women on 66 y que fue abierta -como su nombre indica- por cuatro mujeres que decidieron cumplir un sueño y llevar su propio negocio en la mítica carretera con un par. En su exterior lucía oxidada la vieja grúa que sirvió de inspiración a la gente de Pixar para crear a Tow Mater, uno de los amigos de Rayo Mc Queen. Como novedad le han puesto un par de ojos que hacen revivir al célebre personaje.

La Ruta tenía su siguiente parada en Vinita. Eran las doce y media de la mañana y ya teníamos hecho un tercio del camino. Con menos atractivo que la jornada anterior y menos kilómetros por recorrer, la estábamos aprovechando mucho más que la anterior. A esas horas, justo un día antes, estábamos aún en el badulake de las afueras de Saint Louis haciendo nuestro desayuno-comida. Este pueblo, de poco más de 5.000 personas, resulta que tiene dos Mc Donalds, y uno de ellos es el más grande del mundo. Sin embargo, hay gente que no sabe ese dato, por lo que acabamos en el secundario preguntándonos dónde se calculaba su grandeza para afirmar semejante esupidez. El segundo en cuestión estaba perdido a las afueras del pueblo y atravesaba la Interestatal a modo de puente. Entramos en él, por supuesto, y fue como entrar en un centro comercial, con salas diferenciadas, un parque para niños espectacular, una tienda de recuerdos y un salón inmenso donde parecía la hora del almuerzo, prácticamente lleno. Habíamos dado mil vueltas para presenciar el mayor restaurante de la cadena de comida basura más famosa del mundo. Ver para creer.

Sin embargo, la cosa se ponía más melancólica al llegar a Catoosa. En el campo, a pocos metros de la carretera y junto a un lago descansa plácidamente la Blue Whale, que podría entrar en el Top Five de iconos de la Ruta 66. Es un símbolo de amor construido por un hombre para su mujer como regalo de aniversario a principios de los años 70. Aunque en principio era un terreno privado, poco a poco la ballena fue ganando popularidad y fue abierta al público y los peregrinos de la 66, que tenían en sus toboganes y trampolines una senda de evasión al calor desértico del verano. Poco a poco se fue deteriorando la ballena y estropeándose el lago hasta el punto de no poder bañarse la gente a día de hoy por la abundante vegetación que hay en sus aguas. A la mayoría del grupo les resultó un símbolo bastante feo por su estado de abandono; para mí, sin embargo, es un testigo del tiempo y todo un ejemplo de su paso por la vida. Ya la había visto en fotos en repetidas ocasiones y no me decepcionó: era tal y como la había imaginado.

La Ruta cambió por completo con respecto al anterior día. A estas alturas comenzaba a separarse de la I-44 para expandirse libremente por unos campos que, aunque seguían teniendo cierta frondosidad, cada vez se estaban amarilleando más. Íbamos pasando a paso ligero de los tramos con un asfaltado deficiente a aquellos en los que no había ni un sólo gramo de alquitrán, todo era gravilla que saltaba a la chapa del Pegaso con riesgo de dañarla, formando una inmensa nube de polvo a nuestras espaldas que señalaba nuestro paso por los ranchos de la zona. El punto intermedio del viaje se encontraba en la ciudad de Tulsa, ciudad de tamaño medio que no resulta conocida para nadie que se haya criado fuera de los Estados Unidos, pues no tiene equipo en primera en ningún deporte ni un monumento que le dé fama internacional, pero tiene sus rascacielos como la ciudad media estadounidense y la vida en movimiento que sólo tienen las grandes urbes. Un restaurante-cafetería de esos que se ven en las películas -con discos de vinilo en las paredes, cuadros de Elvis Presley y James Dean, y un gran escudo de la Ruta 66 en la entrada- nos enamoró de tal manera que nos quedamos a comer sin prestar mucha atención de la carta de platos, que no distaba mucho de la de cualquier restaurante de Estados Unidos, todos con prácticamente los mismos platos de una dieta bastante reducida y no muy sana. A todo ello se suma la maldita oferta de poder rellenar el vaso de refresco todas las veces que quieras de forma gratuita, que con estas temperaturas no baja nunca de las tres veces. Había quedado con Ken, un loco aventurero de la 66, en Oklahoma City, pero en su móvil sólo saltaba su contestador y bastante cobran el roaming como para estar llamando a Estados Unidos como hace Charly cada tres por dos por culpa de la jodida maleta.

El sol de la tarde nos pillaba en la entrada a Stroud, donde se encuentra el legendario Rock Café, que data de finales de los años 30. La generación Burger King ha hecho estragos mucho antes de los años 90 y el siglo XXI, y producto de ello son la gran cantidad de camareras con sobrepeso extremo que regentan parte de los bares y restaurantes del camino, pero en este bar vimos a una de esas camareras que quitan el hipo y las ganas de comer. Enamorando al personal con su mirada y otras dotes al descubierto, fue suficiente para que entráramos a tomarnos un café de media tarde, aunque a la hora de la verdad no nos hiciera mucho caso y se fuera a una mesa con su familia. Una sonrisa en el momento de cobrarnos las consumiciones fue suficiente para salir de ese bar con un semblante más contento. No es simpleza, es facilidad para ser felices.

No se había puesto el sol y ya estábamos a poco más de 20 millas de Oklahoma. En Arcadia tropezamos sin haberlo planeado con un poblado abandonado de casas de madera y calles de tierra donde perfectamente se podrían rodar películas del oeste con el riesgo de ser atacado por los insectos del jurásico que sobrevolaban el ambiente. A su lado, una granja que parece un búnker data de finales del siglo XIX. Su base redondeada ha sido suficiente para sobrevivir a los huracanes que han asolado la zona en varias ocasiones y que la han mantenido como nueva en medio de la desolación. Todo un premio de arquitectura para quitarse el sombrero. A su lado la gasolinera futurista Pop's, con más de 500 refrescos distintos, nos parecía lo más normal del mundo.

A pesar de la corta distancia que nos separaba del hotel, una vez más nos volvimos a perder, esta vez por culpa del GPS, que empezaba a escupir direcciones al azar a ver si acertaba y después soltaba su típico "recalculando ruta". Así lo hizo unas 12 veces. No obstante, sobre las diez llegábamos al hotel con toda la emoción del mundo: Charly se iba a reencontrar con su maleta. La euforia se notaba en el ambiente, sólo faltaba abrazarnos al grito de "campeones, campeones, oeoeoe". Llegamos a la recepción, cogimos la tarjeta de la habitación, preguntamos por la maleta... y por respuesta obtuvimos un "Aquí no ha llegado nada". La cara de los cinco era todo un soneto con sus cuartetos y tercetos encadenados, a mediodía le habían asegurado a Charly desde FedEx que la tendría en su destino y ahora se lavaban las manos diciendo que la habían enviado a su hotel... de Chicago.

No nos podíamos creer nuestra mala suerte, la incompetencia de Aer Lingus, de FedEx y de la organización de ciertas cosas en este país. Nuestra llegada a Oklahoma City había sido avisada hace dos días y estaba más que confirmado que habíamos abandonado el hotel de Chicago cuatro días atrás. En la habitación del hotel empezaba a perfilarse un cambio de planes a medida que avanzaba la noche. Proponíamos alternativas, contrastábamos ideas y nada nos parecía del todo bueno con respecto al plan original que se creó en esta ruta. Cansados de estar cansados, decidimos ir al 24 horas de enfrente del hotel a abastecernos con pintas de Budweiser para tomárnoslas en el hotel y asumir la realidad: nos íbamos a tener que quedar una jornada y media más en Oklahoma y capar ciertos tramos de la ruta para poder recuperar la maleta de Charly. No estaba el horno para bollos.


DATOS DE INTERÉS:

- El número de emergencias en América no es el 112, sino el 911. Al igual que el nuestro, se utiliza para todo tipo de emergencias, tanto para contacter con la policía como para hablar con los bomberos o solicitar una ambulancia.

3 comentarios:

isa(xusi) dijo...

Que incompetentes de mierda para una maleta que tienen que llevar.Espero que aparezca pronto y que encima os den una indennización por daños y perjuicios.¿estais todos bien?.Es super emocionante leer el block diariamente, es como una serie que no te puedes perder.Este viaje va ser grabado a fuego en vuestras mentes y jamas lo olvidareis, asi que disfrutarlo como solo vosotros sabeis hacerlo,para cuendo recordeis la estancia sepais que no lo pudisteis aprovechar más, pq vivisteis toda la intensidad del momento.
Ser felices como si fueran vuestros ultimos dias, sonreir y estar siempre unidos.

karol dijo...

madre mia charly, te vas a dejar el sueldo en llamadas!!!

Rocío dijo...

Me ha encantado la Blue Whale y la historia que tiene a sus espaldas.
besoss

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