Cadillac solitario


- Where are you from?
- Europe, Spain
- Oh! You’re so lucky… world
champions

- Siete italiani?
- No, siamo spagnoli.
- Ah,
complimenti, campioni del mondo!

Esa es nuestra seña de identidad en Estados Unidos; los toros, la fiesta y la paella han dado paso al fútbol, y eso sorprende en un país en el que el fútbol tiene la misma relevancia que la petanca en España. Lejos quedan esos días en los que lo más conocido de España era Miguel de Cervantes, Gaudí, Dalí… desde la Macarena, los tiempos están cambiando seriamente.

La jornada comenzaba relajada: la 66 la pisaríamos por casualidad, y los objetivos del viaje se reducían a dos, relativamente cercanos el uno del otro: el Meteor Crater y el Colorado Grand Canyon. En la 66 pasábamos por el Rabbit Ranch, una conocida posada que debe su nombre a la gran cantidad de conejos que habitan los alrededores… o los habitaban, pues únicamente vimos un conejo gigante a la entrada de la ahora tienda de recuerdos y enseres. El segundo punto se encontraba en la misma Meteor Road. La es una tienda de artículos artesanos hechos por indios y otras cosas insólitas, como bolsas con huevos de serpiente cascabel para criarlas desde el primer momento, o piruletas con escorpiones reales dentro de ellas. Pero la fama de la tienda se debía a otra excentricidad de las que abundan en este camino: el mapa de la Ruta 66 más grande del mundo. Dudo de que un récord tan autóctono sea superado lejos de estas tierras, a pesar de que Dubai pulverice de vez en cuando récords Made in USA, y es que el exceso de dinero lleva de vez en cuando a invertir en cosas de lo más estúpido.

El tema es que Charly necesitaba urgentemente una inyección de dinero en metálico. Entre nosotros existe la suficiente confianza como para prestarnos dinero en cuanto sea necesario, peor Charly no quería abusar de la misma como para seguir pidiendo dinero prestado, aún habiéndole restado importancia al tema nosotros. En la tienda nos indicaron la dirección del Western Union más cercano, situado en Winslow, un pueblo que habíamos pasado y al que tuvimos que volver. Una vez en el negocio, la desesperación se apoderó de Charly: no habían podido ingresarle el dinero desde España y tenía que esperar 24 horas más para recibirlo. La situación no es para alarmarse ni mucho menos mientras tengamos capital para compartir, pero no le gustaba lo que le estaba pasando.

En una jornada de clima semi-desértico los viajes acaban siendo más monótonos si a tu alrededor no hay pueblos a visitar ni formaciones rocosas interesantes, y la carretera al Meteor Crater era una prueba fehaciente de ello. La entrada era algo así como entrar a Parque Jurásico, todo indicaba que la visita no iba a salir gratis ni por poco dinero. Efectivamente, la entrada nos salió por 15 dólares cada uno, un robo en toda regla que no hubiéramos pagado si no fuera porque desconocemos si volveremos por este territorio y porque no sabíamos lo que se escondía detrás del museo y centro de investigación: una depresión de más de 1,2 kilómetros formada hace 50.000 años por parte de un meteorito de níquel que cayó a una velocidad de entre 30.000 y 40.000 millas por hora. Su fuerza explosiva fue superior a la de 20 millones de toneladas de TNT.

Semejante depresión resultaba curiosa y digna de ser vista, aunque ni mucho menos para el precio que cobraban. También incluía un documental en una sala de cine de apenas media hora, que a la larga vimos como una pérdida de tiempo ante lo que nos quedaba por ver el resto del día.




El Cañón del Colorado distaba a pocas millas del lugar, poco más allá de la línea del horizonte montañoso, pero el paisaje cambiaba de manera radical. Por obra y gracia de la Madre Naturaleza, pasábamos de tierra de serpientes y matojos de paja rodando por el campo a un bosque frondoso que ofrecía mejores vistas cuanto más nos acercábamos al destino. Entrar al Gran Cañón salía a 25 dólares por coche, independientemente de las personas que fueran dentro. Que sí, que era para los indios por las injusticias que cometieron con ellos un par de siglos atrás, pero es que el indio ya no viste pieles ni lleva plumas en la cabeza, sino una gorra de los New York Yankees, vaqueros Levi's y camisita a cuadros, y destinar el dinero a un complejo residencial, con su Mc Donalds y Starbucks Coffee incluído, que distaba a apenas una milla de aquella maravilla de la naturaleza me parece una salvajada inaceptable. Porque este viaje está siendo realmente maravilloso, y parece que no llega el momento en el que deje de sorprendernos con lo que vemos a lo largo del camino, y todo lo que comento aquí lo califico como lo más (adjetivo) que hemos visto en nuestras vidas, pero puedo asegurar que el Cañón del Colorado es la maravilla de la naturaleza más grande que hemos visto en la vida. Una grieta de 400 kilómetros de longitud y casi dos kilómetros de profundidad guarda dentro de sí el río, desfiladeros de película y una fauna y flora que campan a sus anchas, llegando donde el hombre rara vez estuvo. Puntos así y no los rascacielos de Nueva York son los que te hacen sentir un punto diminuto e insignificante ante el pictórico paisaje que alcanza tu mirada. Luke comentó al borde de un desfiladero que no le importaría vivir allí toda su vida contemplando aquello, no se sabe si lo decía medio en serio o medio en broma.

Comimos en un restaurante junto al primer mirador. Comida de calidad media-baja a precio de gourmet, es lo que tiene no haber comprado provisiones y ser el único restaurante en millas a la redonda. Nunca la denominación de comida rápida cobró tanto significado, había tanto que ver y tan poco tiempo que no podíamos demorarnos por nuestro bien. Partíamos del Desert View en una ruta que comprendía un buen tramo de la parte sur del Gran Cañón a través de diversos rincones fotogénicos y grandes perspectivas que abrían a los ojos del viajero los distintos tramos del río, sus afluentes y el paisaje recortado fruto de la erosión. A medida que avanzábamos, las vistas eran más espectaculares si cabe, y es que es algo de lo que no nos hubiéramos cansado de ver si hubiéramos tenido la posibilidad de conocerlo en profundidad. En ese momento entendíamos por qué la entrada era válida para siete días.


La tarde avanzaba y el cañón adquiría un tono rojizo con denominación de origen. Habíamos conquistado las grandes cumbres del lugar, pero Ken The Landrunner nos aseguraba que el paraíso se encontraba en sus profundidades más sombrías, en la ribera del río.

- Se os saltarán las lágrimas. Nunca habréis visto nada igual, ni siquiera
parecido.

Resultaba utópico pensar en llegar a la ribera en una travesía en la que había que invertir de tres a cuatro horas tan sólo en la ida, pero nos negábamos a marcharnos de allí sin haberlo intentado. Para acampar en la parte inferior teníamos que contar con un permiso con el que no contábamos,
y pasar la noche en una casita de la cumbre superaba nuestro presupuesto. En la expedición partíamos Charly, Chusy, Luke y yo. Los dos primeros no pasaron de los primeros doscientos metros. Luke y yo pensábamos en seguir su camino, pero mirar abajo y ver lo que nos íbamos a perder tenía ese nosequé que te hace afrontar el camino con las dificultades y el riesgo que conlleva, porque la meta bien merecía la pena. El camino atravesaba por tramos complicados que
requerían no bajar la guardia en ningún momento, mientras aparecían los ciervos en el camino y un simpático ratoncito que se detuvo a los pies de Luke para saludarnos. El sol ya era sólo un recuerdo a espaldas de las montañas cuando vimos que ya iba siendo hora de volver con los nuestros. Habíamos descendido un tercio del total del cañón, una profundidad nada desdeñable, la pena es que la cámara y la videocámara con las que contábamos no tenían la sensibilidad de
objetivo suficiente como para inmortalizar nuestro paradero sin la luz del sol. El camino de subida fue aún más complicado, guiándonos únicamente por las piedras blancas del camino que eran iluminadas vagamente por la luna. Parecía que no llegaba el primer arco de piedra que atravesamos en el camino, y a nuestro lado pasaban los animales escondidos entre el bosquejo
sin diferenciar la especie de la que se trataban. El riesgo acumulado por las diversas dificultades daba cierto morbo, y los sonidos de la fauna nocturna llegaban a ser relajantes. Pero los móviles no tenían cobertura y no queríamos preocupar a nuestros compañeros, por lo que terminamos ascendiendo hasta el comienzo del camino. Nuestro sedentarismo hizo mella en nosotros, llegando al coche con la lengua fuera. Estoy seguro de que algo de peso tuvimos que perder con tanto esfuerzo.

Estábamos a tan sólo una hora de nuestra meta ese día, el pueblo de Williams en plena Ruta 66. Ninguno de nuestros destinos diarios fue escogido al azar, Luke había trabajado bastante en nuestro recorrido por los Estados Unidos, pero a Williams no le había encontrado atractivo alguno. Sin embargo, nuestra experiencia por sus calles fue bastante satisfactoria: símbolos de la 66 por doquier, cafés-concierto con música en directo en cada esquina, mucha luz y mucha vida
por sus calles. Tal vez sea cierto lo que dice Charly de que en este tramo se siente más la Ruta 66 que en anteriores. A la hora de encontrar el motel no lo tuvimos difícil, pues la calle principal contaba con bastantes. Una bruja nos contestaba de mala manera cuando le comentamos que el motel de al lado nos ofrecía una cama King Size (para 3) y una Queen Size (para 2) por 75 dólares, y allí nos fuimos. El tipo era bastante majo y nos vendió la oferta como insuperable. Pasear por la habitación con él mostrándote hasta cómo funcionaba la televisión o el microondas le daba un aspecto más agradable, pero fue irse él y descubrir el motel más sucio y deprimente que habíamos pisado jamás. Tanto que tuvimos que dormir encima del edredón al ver unas sábanas con manchas extrañas y ducharnos con las chanclas puestas para no coger más hongos que Mario Bros. Por un poco menos de dinero reservamos esa noche un hotelazo resort en Las Vegas con todos los lujos que se puedan pedir. Estados Unidos, ese extraño país de contrastes.




DATOS DE INTERÉS:

- Entrada al Meteor Crater: 15$ /persona.

- Entrada al Cañón del colorado: 25$/coche.

Locos en Arizona


Hay algo que tendría que señalar y quizás no lo haya hecho, y es que estamos viendo demasiadas cosas en poco tiempo. Cuando digo demasiadas no me estoy refiriendo a que estemos cansados de ver cosas y lugares nuevos; de hecho, la sobredosis de sensaciones e impresiones que estamos padeciendo podría tacharse de cuasi-orgásmica. Cuando digo demasiadas me estoy refiriendo a que Estados Unidos es un continente de contrastes, y desde las llanuras más verdes de Massachusets hasta los desiertos más áridos de Arizona son cosas que no se pueden pasar por alto ante la belleza de los mismos; son tantos "imperdibles" en la Ruta 66 y aledaños que intentamos abarcarlos todos y no podemos dedicarle a cada uno el tiempo que necesita.

A eso de las ocho y media de la mañana, Sabina sonaba en el móvil de Luke -y eso que recomiendan no poner tus canciones favoritas en el despertador para no cansarte de ellas- con la finalidad de amenizar esos minutos críticos en los que no sabes si levantarte o quedarte media hora más en la cama. No es que hayamos perdido la ilusión del viaje; es que el palizón que le estamos metiendo a nuestra alma no tiene adjetivos para definirlo. Definitivamente pasamos hora y media más compartiendo la tradición que alberga el hotel y salimos poco más allá de las diez. Al igual que el día anterior, separarnos de la 66 significaba visitar tres lugares de renombre a una distancia considerable los unos de los otros. Unos 750 kilómetros de día, para ser más exactos.

Nuestros primeros pasos torpes se dirigieron al Four Corners, mítico punto americano donde en una esquina tienen frontera hasta cuatro estados: Arizona, Colorado, Utah y Nuevo Mexico. Situado en todo el centro de una gran reserva de indios navajos, resulta sorprendente darse cuenta de la incongruencia de su filosofía de vida: exponen firmemente que la Tierra es de todos y a la vez de nadie, que las fronteras no existen y que no somos dueños de nada, pero antes de llegar al recinto te cobran tres dólares por pasar a una especie de patio en el que te puedes hacer una fotografía pisando los cuatro estados a la vez. Ésta era la primera vez en toda la aventura en la que nos sentíamos plenamente engañados; raro es que nos pudieran hacer algo peor.


A lo largo del recinto se extienden puestos de los indios donde venden variados productos artesanos y recuerdos de tan singular lugar. Es como una especie de mercadillo pero, una vez que ves un puesto, ya los has visto todos, pues vendían prácticamente los mismos productos y los precios variaban conforme avanzaba la visita. Tampoco tenían muy buena vista para los negocios; lo más lógico sería aunar todos los puestos en una tienda en condiciones, pues el visitante acaba cansándose y pasando de seguir viendo el mismo puesto en distintas localizaciones y con ligeras variaciones.

Aún encontrándonos en pleno desierto, hemos de reconocer que hemos vivido situaciones de temperaturas mucho mayores a las de este día, condiciones verdaderamente extremas que creíamos que iban a ser superadas con creces este día. Íbamos a comprar una garrafa de agua para refrescar al Pegaso durante la travesía, pero con el tiempo vimos que tampoco merecía la pena. El desgraciado prefería beber de lo caro, y actualmente estamos saliendo a 100 dólares diarios para alimentar al purasangre; chupa más que el amor.

Si por la ciudad es fácil perderse ante la grandeza de las metrópolis Made in USA, por el desierto no cambia la cosa, produciéndose una incertidumbre permanente sobre el punto exacto en el que te encuentras. La única ayuda que el viajero puede encontrar es la denominación de la carretera en la que se encuentra mediante los carteles informativos. A pesar de todo, las distancias parecen más cortas a golpe de mapa que en la vida real, por lo que nuevamente la incertidumbre se instala en uno al no saber a ciencia cierta en qué punto de la carretera en cuestión se halla. Ante ese estado de pánico momentáneo producido por el paisaje desolador -pero no por ello feo- y el calor imperante, suelen surgir voces fruto de la intuición másculina -esa prácticamente infalible, aunque los tópicos digan lo contrario- que sugieren tomar el camino de la derecha cuando el correcto es el situado a la izquierda. Ese injusto fallo teniendo un 50% de posibilidades de acierto ha sumado a nuestro itinerario unas 50 millas más de recorrido, lo que nos hace falta en esta etapa del viaje de vacas flacas.

Las estaciones de servicio en estas tierras suelen estar a grandes distancias las unas de las otras, por lo que también conviene calcular si llegarás con suficiente gasolina al próximo check point o recargar el motor en caso de duda urgente. Las estaciones de servicio de estas gasolineras suelen ser bastante grandes, y algunas tienen pequeños restaurantes en los que te venden la misma comida basura que el resto, pero que es recibida con un alto grado de aceptación al conocer de primera mano que la estación siguiente se encuentra a una hora del punto presente. Tras una comida frugal a precio de coste, marchamos convencidos a Monument Valley. El majestuoso conjunto de rocas que está en gran parte de las postales más conocidas de Estados Unidos se encuentra rodeado de cadenas montañosas similares en las que únicamente hay presencia de vida salvaje, lejos de la mano del hombre. Pasear por estos lares con los Dire Straits de fondo te hacen sentir pequeñito ante la inmensidad que se despliega y uno horizonte que no esconde el final de la carretera, sino las partes sucesivas de la misma sin saber dónde se encuentra su final. El escaso tráfico se concentra a ambos laterales de la carretera, donde fotógrafos de prestigio junto a aprendices de la técnica se juntan para retratarse con sus más queridos o lanzar una foto al aire, ya que no hay rincón que no sea digno de ser fotografiado. El silencio impera en kilómetros a la redonda, y son situaciones así las más propicias para escuchar la voz de tu interior como no lo podías hacer en el corazón de Times Square, por poner un ejemplo. Para ninguno de los cinco pasó desapercibida la travesía que estábamos llevando a cabo. Luke advirtió de que también cobraban por acceder al Monument Valley, pero me pareció desmesurado pensar que fueran a poner lindes a la naturaleza única y exclusivamente con afán recaudatorio. Nos fuimos de aquel maravilloso lugar sin sacar la cartera del bolsillo, pero un servidor no se fía y está convencido de que alguno de los caminos que se podían emprender sería de pago si así lo anunciaban las guías de Estados Unidos.



Queríamos ver el Bosque Petrificado y el Desierto Pintado, pero por primera vez en el viaje descubrimos hasta dónde somos capaces de llegar y comprendimos que no se puede estar en dos sitios a la vez ni abarcar mucho y avanzar más. Hay limitaciones que son inalterables y te ayudan a tomarte las cosas con más calma y a no frustrarte si finalmente no llegan.

El camino de vuelta era un poco más desolador si cabe: perros y coyotes muertos en los laterales de la carretera conformaban el comité de bienvenida a unos pueblos sin nombre que se establecían a centenares de pies de la carretera, únicamente unidos por la estética de Far West característica de la región. El punto crítico tuvo lugar cuando un caballo desbocado cruzó la carretera poco antes de que pasara yo al volante. El ejemplar se encontraba en el arcen contrario de la vía y, al carecer de sentido común, cruzó para encontrarse con sus compañeros sin esperar a que pasara el peligro. Fue ver al Pegaso y lanzarse contra él. En una maniobra conseguí esquivarlo, pero el susto se quedó patente durante las siguientes horas.

Finalmente, poco después de las diez de la noche, conseguimos llegar a Holbrook, a pesar de que el GPS nos había llevado por un camino 50 millas más largo. No llegamos a tiempo para alojarnos en el mítico Motel Wigwam, compuestos por tiendas indias y coches clásicos que llaman la atención a todo visitante de la Ruta 66. A cambio conseguimos un motel en la misma calle, donde tenemos alojamiento para los cinco por menos de diez dólares por barba. Es el motel más cutre que hemos estado nunca, con habitaciones oscuras y vistas a la vía de un tren que pasa cada media hora tocando una atronadora bocina, pero nosotros no le hacemos ascos. Firmaríamos encantados si a partir de ahora todos los hoteles del camino nos costaran lo mismo; a estas alturas nuestra economía empieza a resentirse seriamente y Charly recibirá mañana un chute de dinero en metálico procedente de España.

DATOS DE INTERÉS:

- Entrada al Four Corners: 3$.

Los hijos bastardos de la 66


A grandes problemas, mejores soluciones. Habíamos olvidado lo que eran las etapas de 900 kilómetros, pero había que recuperar casi todos los tramos perdidos y hoy nos separábamos de la 66 durante gran parte del día, por lo que los atractivos durante el camino disminuían considerablemente, y encima ganábamos una hora con el cambio de huso. Todo pintaba a nuestro favor, y no era para menos, nos lo merecíamos. Texas no resultaba tan fiero como lo pintan, la noche había sido fresca y por la mañana las temperaturas no subieron en demasía. La gente de pueblo era bastante llana, tal como en la España profunda, y destacaban por su simpatía sin importarles de dónde veníamos. Una especie de romería cowboy nos sorprendía a la salida del hotel, con sus carrozas de caballos, banda municipal, majorettes y sombreros vaqueros por doquier. Hubiese sido todo un gustazo poder disfrutar del calor de la gente del pueblo en compañía de un vino de pitarra tejano, y tal vez lo hubiéramos hecho con una distancia inferior a la que cubre el trayecto entre Cádiz y Tarragona. Cosas así te obligan a tirar carretera y manta, guste o no.

El pueblo más inmediato de la Ruta era Adrián, pueblo famoso en la Ruta 66 por suponer el punto intermedio de la misma. Un cartel conmemorativo recuerda a los viajeros que, tanto si quieren llegar a Los Angeles o a Chicago, le queda la nada despreciable cifra de 1.139 millas. Sorprendía ver lo que aún nos quedaba por recorrer, pero, a su vez, una sensación de cierta pena nos recorría el cuerpo: ya sólo quedaba la mitad del camino. Para nosotros era más, pues los zarpazos que le habíamos dado a la carretera agrandaban el camino, pero esa cifra tenía algo de informativa; el tiempo corría imparable.

Cruzada la frontera con Nuevo Mexico, el primer volantazo nos desviaba a la lejana aldea de Roswell, al sur del estado. No pertenece a la Ruta 66, pero se hizo famosa mundialmente a finales de los años 40 por un supuesto ovni que se estrelló en un granero a 75 millas de la localidad. Aunque el ejército y el gobierno admitieron que se trataba de un ovni, días después se ocultó la información, se cambiaron las pruebas y se informó a la población de que se trataba realmente de un globo meteorológico que se había caído. La gente que sabía la verdad murió o desapareció en extrañas circunstancias, y tal vez nunca se sepa la verdad de todo el asunto. Desde entonces el pueblo creció de forma imparable y hoy es una ciudad de más de 50.000 personas que 63 años después sigue viviendo en gran parte del rentable negocio del OVNI con marciano incluido, siendo su museo sobre la ufología y centro de investigación el centro más visitado del estado de Nuevo Mexico. Debe ser curioso vivir en una ciudad dedicada a los alienígenas, donde los columpios, buzones, farolas, letreros, murales y demás mobiliario urbano están decorados con motivos de vida interplanetaria. Original a la par que freak. La afición por el estudio de la vida en otros planetas nos llevó a visitar el museo, donde te cuentan paso a paso los siete días que cambiaron la historia de Roswell, así como restos del supuesto platillo volante, documentos de la época y testimonios que no han sido guardados bajo secreto de Estado (los menos importantes, obviamente).


Los puntos de la ruta de hoy se encontraban verdaderamente alejados los unos de los otros. El segundo volantazo giraba 180 grados y nos llevaba a la capital del Estado, Santa Fe. De todos los estados que hemos atravesado hasta el momento, Nuevo Mexico es -con diferencia- el único que está cortado con distinto patrón con respecto a los demás. Haciendo honor a su nombre, es una extensión del país de los aztecas, con un importante porcentaje de población con rasgos latinos, aún habiendo nacido en los Estados Unidos. Siendo una capital relativamente pequeña, ha sido la que más trabajo nos ha costado acceder a su centro. Eso sí, hemos conocido los suburbios menos recomendables de cabo a rabo, paseando entre latinos que nos miraban con cara de querer hacernos algo por culpa de un GPS que a veces parece que se está riendo de nosotros. El centro histórico de la ciudad más antigua de los Estados Unidos con el sol poniente ha sido una de las postales más bellas que hemos visto durante todo el viaje. Queríamos quedarnos un poco más, pero esta jornada era de las más largas del viaje y, con el cambio de hora, a las ocho de la tarde era prácticamente de noche.

Teníamos ganas de llegar a Madrid con suficiente luz, pero a la entrada del pueblo lucía un firmamento inmaculado, donde se diferenciaba sin problemas hasta la Vía Láctea. Un cielo de los que se añoran por el otro Madrid, el nuestro. El pueblo data de mediados del siglo XIX. A mediados del XX fue abandonado por completo, y en los años 70 fue repoblado por hippies, llenando las calles de color y rincones fotogénicos. Por desgracia, los pueblos aquí no son como en España, donde hasta la villa más marginal tiene alumbrado público en sus calles. Iluminados por una luna en cuarto y mitad creciente, teníamos que forzar la vista para llegar a ver con nitidez nuestro alrededor, y los bares de la zona no querían darnos de cenar alegando que habían cerrado la cocina a las nueve y media de la noche. Era posiblemente el pueblo más pequeño que habíamos visitado, y gracias a que atraía poco turismo se conservaba en un estado cuasi-virginal, siendo modificado únicamente por la mente abierta de los artistas que un buen día aceptaron la oferta de repoblar un pueblo fantasma.


El hambre empezaba a picar seriamente y aún nos encontrábamos bien alejados de Albuquerque, la ciudad donde habíamos pensado ver en concierto a Cindy Lauder en un casino y cenar, pero Cindy Lauper tocaba a las siete y los restaurantes iban a estar a punto de cenar si llegábamos a Albuquerque. Sorprendentemente, de en medio de la nada surgió una gasolinera y un restaurante llamado La Plaza, donde no sólo pudimos cenar de lujo, sino que asistimos a un concierto de una banda de folk en directo.

Ya era tarde para todo. El concierto de Cindy Lauper había terminado dos horas atrás, y aún nos encontrábamos a 125 millas de Gallup, donde queríamos hacer el alto en el camino antes de emprender mañana el camino a Four Corners. Por primera vez en el viaje no teníamos hotel reservado y nos lanzábamos a la aventura, y qué bien nos fue. Gracias a Charly y si guía localizamos el Hotel El Rancho, todo un símbolo de la 66 y uno de los hoteles más famosos de Estados Unidos. Fundado por una familia española, los Ortega, es uno de los edificios españoles más grandes de este país. En sus habitaciones se han alojado hasta tres generaciones de actores famosos de Hollywood mientras rodaban películas del Oeste en las llanuras de los alrededores, desde Ronald Reagan hasta Katherine Hepburn o Kirk Douglas. Nosotros nos alojamos en la habitación 300, donde en sus tiempos se alojó William Holden. Es sin duda el hotel más bonito en el que hayamos estado nunca, y todo por un precio de risa que haré bien en no decir, más que nada para no dar envidia. Mañana nos espera otro día de récord olímpico. Si queréis saber más, ya sabéis: Ruta66.tk




DATOS DE INTERÉS:

- Entrada al museo de la ufología de Rosswel: 5$

Casualidades de la vida que ponen los pelos de punta

Nos bañamos en un lago en viernes 13, como en la película homónima.

Nos alojamos en la habitación 237, la habitación a la que no se debía acceder en El Resplandor.

Nos encontramos en Texas, como en La matanza de Texas.

Encima tenemos este ambientador en el coche, con una forma demasiado sugerente.


¿Es para acojonarse o no?

Welcome to the Wild America


Las buenas noticias tienen un efecto relajante en el cuerpo que te ayuda a olvidar los malos momentos vividos con anterioridad. Charly sin maleta no era el mismo y se le notaba en el día a día. Por suerte, esta mañana recibió el paquete más esperado, y allí se encontraba su maleta. Por fin tenía lugar la estampa que todos esperábamos y, si todo sale bien, se acabaron los frenazos inesperados del viaje. Luke y yo nos curramos la noche anterior un nuevo trazado de la Ruta, con un poco más de kilometraje en los días posteriores, pero sin eliminar apenas destinos del camino.

También el día de hoy supuso el último paso de la América verde a la América profunda y seca. El primer baño se hizo esperar, nos lo dimos en Foss poco después de haber visto un nuevo museo sobre la Mother Road. Hay cosas de las que no nos cansamos, y una de ellas es aprender nuevos datos sobre la 66. Pasear por la orilla del lago y adentrarse en sus tibias aguas nos ayudó a reponer fuerzas y retomar el viaje con un poco menos de calor. Nuestras paradas no suelen ser en vano, por lo general son bastante productivas. El problema es que en Elk City había otro museo, y éste ya costaba dinero. A estas alturas del viaje empieza a costar eso de soltar los billetes verdes como si fueran fotocopiados, John ya busca un cajero donde poder sacar un poquito más de cash. A cambio pudimos ver el estupendo museo de la ciudad al aire libre, donde en un par de hectáreas se encontraban representados los principales edificios del municipio tal como eran a principios del siglo XX, desde la farmacia hasta el ayuntamiento, pasando por la funeraria, la granja, la consulta del médico, correos el hotel y un vagón original de tren de la época, entre otros tantos. Eran las cuatro y media de la tarde y aún no habíamos parado a comer tras un desayuno de lo más ligero e insignificante, lejos de la tradición americana.



Frente al museo había un Kentucky Fried Chicken, pero Charly no estaba por la labor de comer allí. No por cuidar la línea, sino porque no le gustan las hamburguesas de pollo que hacen. Craso error el no haber parado allí, pues estuvimos las siguientes 50 millas sin encontrar un restaurante en las poblaciones quasi-fantasma que se encontraban a ambos lados de la mítica autopista. El calor se notaba en la carretera, el horizonte se desdibujaba por las altas temperaturas y no era nada recomendable salir del Pegaso en esas circunstancias.

Dos horas después, a eso de las seis y media de la tarde, un burger de la inédita cadena Dairy Queen aparecía a la entrada de un poblado casi fantasma, Groom. Decoración apoyando a un equipo llamado los Tigers -no sé ni qué deporte practican- discos de vinilo y mesas de madera daban la bienvenida a lo desconocido. Un grupo de ocho abuelas y un abuelito ligón se sentaban alrededor de la mesa con sus bebidas de 32 onzas como aquel que va al hogar del pensionista a echar la partida de chinchón. A diferencia de un Burger King al uso, la influencia mexicana que hizo posible el fenómeno tex-mex daba un toque picante a todo aquello que era comestible. Charly y Chusy mantenían una batalla dialéctica desde principios del día porque Chusy le había puesto salsa de jalapeño en su hamburguesa la noche anterior sin que él se enterara y Charly había pasado una mala noche. La cosa prometía venganza, pero a estas alturas parece que se ha calmado un poco la cosa. Sin retirarnos del camino y a las afueras del pueblo se encontraba la Torre Inclinada de Texas, que por muchas similitudes que guarde en el nombre con la de Pisa, no es más que un depósito de agua bastante torcido, pero sin belleza alguna. También se encontraba la Giant Cross, que es la cruz más grande del oeste. Arquitectónicamente no es gran cosa, impone más por su grandeza que por la belleza, hecha con uralita o un material similar. La belleza se concentra a sus alrededores, donde son representadas mediante estatuas las catorce estaciones de la Pasión de Cristo, desde que es juzgado hasta su crucifixión y posterior resurrección. El templo es coronado por la Fuente de la Gracia Divina, que es lo más bonito del lugar. En el lado contrario, levantó cierta polémica una estatua dedicada al aborto, donde Cristo posaba con un feto en la mano lamentándose. Las posturas fueron varias, incluso posturas intermedias a los dos extremos, y es que consideramos que es un asunto más político que otra cosa.

El sol se empezaba a poner en el horizonte y nos quedaba por ver uno de los puntos fuertes de la Ruta, el Cadillac Ranch, antes de que oscureciera. Fue algo así como volver a la infancia encontrarse con diez Cadillacs semienterrados y jugar a ser graffiteros mientras grabábamos nuestros nombres en los coches para siempre… o al menos durante unas horas. Me pregunto quién sería el primero que pintó sobre estos Cadillac, la razón por las que fueron poco a poco destrozados y cómo serían en un principio. Seguro que era una bonita estampa.



Nuestro objetivo más inmediato entonces pasó a ser una buena parrillada en el Big Texan. El mítico restaurante de Amarillo tenía fama internacional gracias al solomillón, el filete de dos kilos que te sale gratuito si te lo comes en una hora, acompañado de una ensalada de gambas y pan; de lo contrario, la broma y el ridículo ante un público que te está vigilando continuamente cuesta cincuenta dólares, por lo que hay que estar muy seguro antes de enfrentarse a tamaña hazaña. Pero nosotros somos muy fáciles de impresionar, y nada más entrar nos separamos según nuestros gustos y preferencias: la galería de tiro al blanco, la tienda de recuerdos, las noticias y referencias al restaurante en los periódicos… a veces somos demasiado críos y luego pasa lo que pasa: llegamos al puesto donde te indican qué mesa está disponible y nos informaron que ya no se podía entrar a cenar. Cerraban a las diez y media y eran las once menos veinte.

La mala suerte se aliaba con nosotros una vez más, pues todos los restaurantes cerraban a las once y algo decía que nos íbamos a ir al hotel sin cenar. Tras recorrer un polígono lleno de restaurantes horteras, chicas llamándonos desde la ventanilla de su coche y calles desiertas, las camareras de un restaurante mexicano tuvieron compasión de nosotros y nos atendieron con la mejor de sus sonrisas. Llevábamos un día en Texas y ya estábamos cansados de la comida picante, por lo que pedimos lo primero que nos ofrecieron que no picara.


El hotel se encuentra a 50 kilómetros de Amarillo, en el pueblo de Vega en la misma Ruta 66. El pueblo parece no tener encanto alguno, aunque recordamos que Ken nos había dicho algo sobre él. Sin ser un hotelazo, la habitación es bastante amplia. Esta noche tenemos techo y dos camas Queen Size por 90$, y no es la noche más económica que hemos tenido en la Ruta. Bienvenidos a la América Profunda.

DATOS DE INTERÉS:

- Entrada al museo de la Ruta 66 en Clinton: 4$
- Entrada al museo de la Ruta 66 en Elk City: 5$
- Prueba fallida en el Big Texan: 50$

Rompiendo con la tradición

Tras más de una semana y media viviendo al extremo las 24 horas del día y durmiendo menos de lo necesario, iba tocando un día sabático, de esos que abundan en el período estival y nosotros creíamos que no existían por aquí. Vino tras una parada obligatoria en Oklahoma City para recuperar de una vez por todas la maleta de Charly, e hicimos con Oklahoma lo que podríamos haber hecho con Benidorm en España: darnos un respiro al cuerpo y una paliza a la cama, olvidarnos de los sitios dignos de ser visitados y disfrutar de una buena cerveza en uno de los bares típicos de la ciudad… nuestro objetivo principal era atravesar la ruta y no que se nos atravesara la ruta.

Este día nuevamente empalmamos el desayuno con la comida. Sin movernos mucho de la zona del extrarradio donde se encontraba el hotel y evitando engancharnos a la comida basura nos metimos en uno con una maravillosa oferta de esas que gustan a Chusy: All you can eat, un buffet a la americana de un solo plato, el catfish. Sin haber probado ese plato en nuestra vida y no saber si nos daban gato o pescado, nos lanzamos a lo desconocido. Obviamente era pescado, como era de esperar, aunque la cualidad de sano y las propiedades que tiene el pescado se contrarrestaban con el adobo frito con el que había sido hecho y la salsa de acompañamiento. No obstante, nos gustó bastante excepto a Charly, que ante lo desconocido prefirió un plato de pasta.

A veces suele pasar que, cuanto más duermes, más sueño tienes durante el resto del día. Hemos abandonado la zona más húmeda del país, donde el calor llegaba a calarte, pero en esta región el aire cálido sienta como un bofetón en la cara. Da igual esconderse en las sombras de los edificios, no hay escapatoria alguna. Eran las cinco de la tarde y una hora más tarde teníamos una cita con Ken. Motero nacido en un hospital de Santa Mónica situado en la Ruta 66, se consideraba un hijo de la Mother Road. Desde el 59, cuando no medía más de medio metro, su padre le llevó a conocer los secretos de la mítica carretera y le tatuó cada curva del trazado en su espíritu. Desde entonces ya la ha cruzado más de 400 veces y ahora ejerce como uno de los guías más experimentados, capitaneando expediciones de medio mundo. Le llaman el Correcaminos. La tarde pasó volando entre Fosters junto a él, su mujer y amistades en un Celebrity pub, con Neil Young como música de fondo y una mujer entrada en años que no paraba de lanzarme fichas, ya fuera con cositas al oído en español, poniendo música latina en el jukebox o intentando sacarme a bailar. Acordamos probar la carne americana en este viaje cuando estábamos en Madrid, pero no de cualquier calidad. Ken nos enseñó un cuadro que había elaborado con un mapa de la Ruta 66 en el que había obtenido uno por uno todos los sellos de las oficinas de correo de la Mother Road. Toda una obra de arte que le había costado dos años y medio de viaje, y eso se aprecia. El problema es que su precio desbordaba todas nuestras espectativas, pues lo vendía en las tiendas por 150$ y a nosotros nos lo dejaba por 125$, algo desmesurado para nuestras cuentas en caída libre estos días.

Oklahoma Crew


La noche se nos echó encima. Por primera vez desde que comenzamos este viaje íbamos a saborear la fiesta en Estados Unidos. Ante nosotros se desplegaban los suburbios de Oklahoma City, donde el desmadre, las gorras de baloncesto, las gafas de sol y las barras americanas se mezclaban en un remolino de lujuria y desenfreno. El mayor problema es que a la 1:30 se acababa la fiesta en la capital del estado y no había nada que hacer salvo resignarse y volver al hotel en una noche oscura y cálida, sonando Knockin’ on Heaven’s Door en el Pegaso.

Ken tenía mañana una expedición australiana. 40 Mustangs atravesarían el sábado la 66 dirección Los Angeles al unísono de motores y formando una coreografía casi perfecta sobre las líneas discontinuas de la carretera.

- Si os quedáis una noche más, os podéis venir con nosotros, da igual que
vengáis en Cadillac. Os puedo asegurar que junto a mí viviréis como nadie la
Ruta 66, he nacido aquí y la conozco como nadie. Os garantizo que volveréis a
América, no podréis evitarlo.

The Landrunner nos hacía la oferta más seria desde que estamos aquí. Recorrer la Ruta con 40 aventureros de mi tierra, marcando la carretera al rojo vivo y conocer los lugares más ocultos que existen entre las curvas de la mano de un maestro resultaba muy tentador. Demasiado tentador. Por suerte o por desgracia, nosotros somos como pájaros extraviados de la bandada. Nos volvemos torpes cuando vamos en grupo y somos invencibles en nuestra formación en V, no queremos atarnos de por vida a la 66 y nos separaremos de ella cuando la oferta supere a la demanda y crezcan los rincones interesantes lejos de su asfalto. Y no podíamos perder otro día en Oklahoma City, principalmente. A pesar de todo, muchas gracias, Ken. Serás de los más recordados de esta experiencia.


Por petición masiva del lectorado, foto de nuestro Pegaso

DATOS DE INTERÉS:

1 Kg = 2,2 pounds ( libras ) 100 Kg = 220 libras 50 Kg = 110 libras

1 Km = 0,06 miles ( millas ) 100 Km = 6 millas 50 Km = 3 libras

1 Lt. = 1,05 quart (cuartos) 100 Lt. = 105 cuartos 50 Lt. = 52,5 cuartos

1 GALON = 3,78 litros (líquido) / 2.50 (3,27 en N.Y. el 6-5-08) Dólares y 4,40 (seco)

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre la maleta y jamás se atrevió a preguntar

Para todo aquel que no sepa la historia de la maleta más famosa del año, contaré todo de la manera más resumida sin saltarme ningún dato importante y empezando por el principio del embrollo:
El 31 de julio volamos de Madrid a Nueva York para comenzar esta aventura. Hicimos escala en Dublín, donde Charly se quedó bastante escamado al ver su maleta en la cinta de recogida de equipajes. Luke también la suya, por lo que no tuvo nada que ver el paso intermedio por la capital irlandesa para que acabara en paredero desconocido. La llegada a Nueva York supuso el comienzo de todo este entramado del que nunca se supieron a ciencia cierta las razones por las que se extravió la maleta.
Los días pasaban en Nueva York y Washington y la maleta no aparecía. Por fin, el último día antes de nuestra partida, le enviaron un mensaje a Charly comunicándole que habían encontrado su maleta. Pasaron las horas y, al no llegar al hotel y tener que partir a Boston, decidimos llamar al aeropuerto para avisar de que nos presentaríamos nosotros a por ella. La segunda decepción del viaje vino en el aeropuerto, donde informaron a Charly de que la maleta encontrada no era la suya, sino la de otro pasajero que la había perdido también. La maleta en cuestión se encontraba en el aeropuerto de Dublín y tal vez en uno o dos días volaría a Nueva York.
La ruta seguía imparable y se lo hacíamos saber a los responsables de la compañía aérea a medida que reservábamos los hoteles de la siguiente parada. Boston, Toronto y Chicago fueron puntos claves para facilitar las cosas, pues nos quedábamos dos días en el hotel y la maleta podía llegar en transporte urgente. Pero no llegó a ninguna de estas tres ciudades. El viaje seguía su curso y Charly tenía que conformarse con camisetas de recuerdo de las ciudades y calzoncillos comprados al por mayor.
Llegó el momento de partir de Chicago rumbo a Saint Louis. Charly llevaba una media de quince llamadas por día a la compañía aérea, que había optado por el envío a través de la compañía de transporte urgente más importante de América, FedEx. Charly recalcaba que en dos días estaríamos en Joplin y en tres en Oklahoma, facilitando la dirección de los hoteles para su correcto envío. Todo indicaba que en Oklahoma City acudiríamos como invitados principales al reencuentro del verano. Las llamadas a FedEx nos informaban que la maleta se encontraba en la central de Tenesee.
Oklahoma supuso para nosotros la misma decepción que las otras ciudades que dejamos en el camino. Resulta que FedEx no había hecho mucho caso a las indicaciones que les habíamos dado sobre nuestros siguientes paraderos y se lavaban las manos argumentando que tenían la dirección del hotel de Chicago y allí la habían enviado. El embrollo se embrolla.
Oklahoma City no iba a ser más que una ciudad de paso. Íbamos a conocerla un poco, pasar allí la noche y partir al día siguiente rumbo a Amarillo. El destino decidía frenar nuestra marcha, la maleta tenía ya el aviso de ser enviada a Oklahoma City y parece ser que ya era irrevocable y no se podía cambiar. Discutiendo con el telefonista de atención al cliente de FedEx, Charly se enteró de que había una alternativa que no garantizaba un final feliz: reenviar la maleta una vez llegaba a Oklahoma City dirección Nuevo Mexico, donde tendríamos la reserva dos días después. Para ello teníamos que abonar 250$, porque el envío ya no corría por parte de Aer Lingus, y no se garantizaba que el envío llegara a su hora.
Tras varias horas de discusión sobre lo que hacer y lo que no hacer, decidimos quedarnos una jornada y media más en Oklahoma City para darle ventaja a la maleta y que nos alcanzara de una vez por todas. La opción de Nuevo Mexico era bastante arriesgada, tocábamos a 50$ por barba y nada garantizaba que llegara a tiempo. También quisimos que enviaran la maleta de una vez por todas a Madrid y destinar esos 50$ per cápita para comprar nueva ropa para Charly, pero igualmente tendríamos que pagar el envío a España.
Resumiendo: si todo sale bien, el viernes tendremos por fin la maleta de Charly en Oklahoma City. A esas alturas deberíamos estar en Nuevo Mexico, y nuestra ruta fue calculada para no dejar ni un día en blanco, por lo que tendremos que capar duramente ciertas etapas de nuestro viaje. Ciudades que no visitaremos, carreteras que no recorreremos, experiencias que no viviremos. No obstante, podría ser peor.
Recalculando ruta.

Atrapados en Oklahoma City


El cambio continuo de dormitorio acaba provocando cierta confusión en los primeros segundos tras despertar en un nuevo día. Tu cabeza se aturde por un momento y te preguntas "¿Dónde estoy?". Cinco minutos después se vuelve a la realidad, y aunque el dinamismo en un día normal cuesta un tiempo de adaptación, en Ruta lleva menos tiempo al saber que media hora perdida es un rincón que quedará por explorar, quizás para siempre.


Si hay algo que quedará marcado en mí hasta que empiece a perder la memoria, es que el primer café que tomé en América fue de los peores -por no decir el peor- de mi vida. El motel donde nos alojábamos, a falta de desayuno, tenía un termo junto a la recepción, y es que el concepto de lo básico jamás había sido llevado a tales extremos. Paseando con la maleta junto a la piscina nos quedábamos con las ganas de darnos un baño, y ya van dos hoteles en los que desaprovechamos ese servicio con unas temperaturas a primera hora de la mañana de 90º F, sacad el conversor y calculad lo que es eso en Celsius, que yo no tengo ganas de hacerlo. El tema es que la ruta de hoy contaba con unas 65 millas menos que la etapa anterior y queríamos aprovecharla al máximo. Dejamos Joplin, un pueblo grande sin mucho atractivo, para adentrarnos en Galena, donde se encuentra una pequeña tienda llamada 4 Women on 66 y que fue abierta -como su nombre indica- por cuatro mujeres que decidieron cumplir un sueño y llevar su propio negocio en la mítica carretera con un par. En su exterior lucía oxidada la vieja grúa que sirvió de inspiración a la gente de Pixar para crear a Tow Mater, uno de los amigos de Rayo Mc Queen. Como novedad le han puesto un par de ojos que hacen revivir al célebre personaje.

La Ruta tenía su siguiente parada en Vinita. Eran las doce y media de la mañana y ya teníamos hecho un tercio del camino. Con menos atractivo que la jornada anterior y menos kilómetros por recorrer, la estábamos aprovechando mucho más que la anterior. A esas horas, justo un día antes, estábamos aún en el badulake de las afueras de Saint Louis haciendo nuestro desayuno-comida. Este pueblo, de poco más de 5.000 personas, resulta que tiene dos Mc Donalds, y uno de ellos es el más grande del mundo. Sin embargo, hay gente que no sabe ese dato, por lo que acabamos en el secundario preguntándonos dónde se calculaba su grandeza para afirmar semejante esupidez. El segundo en cuestión estaba perdido a las afueras del pueblo y atravesaba la Interestatal a modo de puente. Entramos en él, por supuesto, y fue como entrar en un centro comercial, con salas diferenciadas, un parque para niños espectacular, una tienda de recuerdos y un salón inmenso donde parecía la hora del almuerzo, prácticamente lleno. Habíamos dado mil vueltas para presenciar el mayor restaurante de la cadena de comida basura más famosa del mundo. Ver para creer.

Sin embargo, la cosa se ponía más melancólica al llegar a Catoosa. En el campo, a pocos metros de la carretera y junto a un lago descansa plácidamente la Blue Whale, que podría entrar en el Top Five de iconos de la Ruta 66. Es un símbolo de amor construido por un hombre para su mujer como regalo de aniversario a principios de los años 70. Aunque en principio era un terreno privado, poco a poco la ballena fue ganando popularidad y fue abierta al público y los peregrinos de la 66, que tenían en sus toboganes y trampolines una senda de evasión al calor desértico del verano. Poco a poco se fue deteriorando la ballena y estropeándose el lago hasta el punto de no poder bañarse la gente a día de hoy por la abundante vegetación que hay en sus aguas. A la mayoría del grupo les resultó un símbolo bastante feo por su estado de abandono; para mí, sin embargo, es un testigo del tiempo y todo un ejemplo de su paso por la vida. Ya la había visto en fotos en repetidas ocasiones y no me decepcionó: era tal y como la había imaginado.

La Ruta cambió por completo con respecto al anterior día. A estas alturas comenzaba a separarse de la I-44 para expandirse libremente por unos campos que, aunque seguían teniendo cierta frondosidad, cada vez se estaban amarilleando más. Íbamos pasando a paso ligero de los tramos con un asfaltado deficiente a aquellos en los que no había ni un sólo gramo de alquitrán, todo era gravilla que saltaba a la chapa del Pegaso con riesgo de dañarla, formando una inmensa nube de polvo a nuestras espaldas que señalaba nuestro paso por los ranchos de la zona. El punto intermedio del viaje se encontraba en la ciudad de Tulsa, ciudad de tamaño medio que no resulta conocida para nadie que se haya criado fuera de los Estados Unidos, pues no tiene equipo en primera en ningún deporte ni un monumento que le dé fama internacional, pero tiene sus rascacielos como la ciudad media estadounidense y la vida en movimiento que sólo tienen las grandes urbes. Un restaurante-cafetería de esos que se ven en las películas -con discos de vinilo en las paredes, cuadros de Elvis Presley y James Dean, y un gran escudo de la Ruta 66 en la entrada- nos enamoró de tal manera que nos quedamos a comer sin prestar mucha atención de la carta de platos, que no distaba mucho de la de cualquier restaurante de Estados Unidos, todos con prácticamente los mismos platos de una dieta bastante reducida y no muy sana. A todo ello se suma la maldita oferta de poder rellenar el vaso de refresco todas las veces que quieras de forma gratuita, que con estas temperaturas no baja nunca de las tres veces. Había quedado con Ken, un loco aventurero de la 66, en Oklahoma City, pero en su móvil sólo saltaba su contestador y bastante cobran el roaming como para estar llamando a Estados Unidos como hace Charly cada tres por dos por culpa de la jodida maleta.

El sol de la tarde nos pillaba en la entrada a Stroud, donde se encuentra el legendario Rock Café, que data de finales de los años 30. La generación Burger King ha hecho estragos mucho antes de los años 90 y el siglo XXI, y producto de ello son la gran cantidad de camareras con sobrepeso extremo que regentan parte de los bares y restaurantes del camino, pero en este bar vimos a una de esas camareras que quitan el hipo y las ganas de comer. Enamorando al personal con su mirada y otras dotes al descubierto, fue suficiente para que entráramos a tomarnos un café de media tarde, aunque a la hora de la verdad no nos hiciera mucho caso y se fuera a una mesa con su familia. Una sonrisa en el momento de cobrarnos las consumiciones fue suficiente para salir de ese bar con un semblante más contento. No es simpleza, es facilidad para ser felices.

No se había puesto el sol y ya estábamos a poco más de 20 millas de Oklahoma. En Arcadia tropezamos sin haberlo planeado con un poblado abandonado de casas de madera y calles de tierra donde perfectamente se podrían rodar películas del oeste con el riesgo de ser atacado por los insectos del jurásico que sobrevolaban el ambiente. A su lado, una granja que parece un búnker data de finales del siglo XIX. Su base redondeada ha sido suficiente para sobrevivir a los huracanes que han asolado la zona en varias ocasiones y que la han mantenido como nueva en medio de la desolación. Todo un premio de arquitectura para quitarse el sombrero. A su lado la gasolinera futurista Pop's, con más de 500 refrescos distintos, nos parecía lo más normal del mundo.

A pesar de la corta distancia que nos separaba del hotel, una vez más nos volvimos a perder, esta vez por culpa del GPS, que empezaba a escupir direcciones al azar a ver si acertaba y después soltaba su típico "recalculando ruta". Así lo hizo unas 12 veces. No obstante, sobre las diez llegábamos al hotel con toda la emoción del mundo: Charly se iba a reencontrar con su maleta. La euforia se notaba en el ambiente, sólo faltaba abrazarnos al grito de "campeones, campeones, oeoeoe". Llegamos a la recepción, cogimos la tarjeta de la habitación, preguntamos por la maleta... y por respuesta obtuvimos un "Aquí no ha llegado nada". La cara de los cinco era todo un soneto con sus cuartetos y tercetos encadenados, a mediodía le habían asegurado a Charly desde FedEx que la tendría en su destino y ahora se lavaban las manos diciendo que la habían enviado a su hotel... de Chicago.

No nos podíamos creer nuestra mala suerte, la incompetencia de Aer Lingus, de FedEx y de la organización de ciertas cosas en este país. Nuestra llegada a Oklahoma City había sido avisada hace dos días y estaba más que confirmado que habíamos abandonado el hotel de Chicago cuatro días atrás. En la habitación del hotel empezaba a perfilarse un cambio de planes a medida que avanzaba la noche. Proponíamos alternativas, contrastábamos ideas y nada nos parecía del todo bueno con respecto al plan original que se creó en esta ruta. Cansados de estar cansados, decidimos ir al 24 horas de enfrente del hotel a abastecernos con pintas de Budweiser para tomárnoslas en el hotel y asumir la realidad: nos íbamos a tener que quedar una jornada y media más en Oklahoma y capar ciertos tramos de la ruta para poder recuperar la maleta de Charly. No estaba el horno para bollos.


DATOS DE INTERÉS:

- El número de emergencias en América no es el 112, sino el 911. Al igual que el nuestro, se utiliza para todo tipo de emergencias, tanto para contacter con la policía como para hablar con los bomberos o solicitar una ambulancia.

Born to be guay


Necesitamos días de 36 horas… y meses de 45 días. Calculamos la Ruta para hacer jornadas de entre 400 y 700 kilómetros, pero sin llegar a contar con el tiempo que necesitaba cada alto en el camino, por lo que el cómputo final del día queda incompleto… tanto por ver y, a pesar de haber invertido una seria cantidad de días en el viaje, vemos que necesita aún más. De esta manera, pasamos la mañana en Saint Louis viendo -cómo no- el famoso Gateway Arch. Culpo a la televisión, películas y documentales de magnificar las cosas hasta el punto de quedarte impresionado y soltar un “Pues yo creía que era más grande”. Aún así, reconocemos que es inmenso, quizás el arco más grande del mundo, no lo hemos confirmado en ningún sitio. Había un mirador en la parte superior, seguro que con unas vistas maravillosas, pero ya estábamos cansados de colonizar cumbres a base de talonario y contemplar unas vistas similares a las de anteriores grandes ciudades, y no estábamos por la labor de seguir con el juego. A cambio, nos metimos en un museo sobre la conquista del Oeste por el hombre blanco, con su historia y los testimonios de Toro Sentado, Nube Roja, el jefe del séptimo de caballería y otros personajes históricos devueltos a la vida en formas de animatronics bastante elaborados.

La responsabilidad acabó imponiéndose en el grupo. Aquella mañana pusimos el despertador a las ocho, salíamos del hotel a las nueve y media y por primera vez no empalmábamos el desayuno con la comida. Ante nosotros destacaban inmensos carteles que anunciaban las ofertas del día en los badulakes de la periferia, pero fue el QuickTrip el culpable de que tomáramos el desayuno más insano de nuestras vidas, salvo John, que se cuida un poco más de nosotros, aunque a veces sucumba a la tentación del American way of eat. Por nuestra parte, dos perritos calientes por dos dólares y una bebida de casi un litro por 79 centavos se antojaban demasiado tentadores como para ignorarlos sin más. Creo que no podríamos vivir aquí por el bien de nuestra salud. Fue tan consistente tal manjar que no volvimos a tener hambre hasta las ocho de la tarde.

Arreglado el trámite de Saint Louis, retomamos el contacto con la Ruta 66 cerca de Eureka, donde se encontraba el parque estatal de la Ruta. Pasear por él en coche fue como pasear por el Parque de Yellinstone, sólo faltaba el Oso Yogui y Bubu en los alrededores para completar la postal. En el museo sobre la Ruta nos abastecieron de información suficiente como para completar la jornada sin ningún problema.

El momento de mal rollo del día tuvo lugar entre St. Claire y Stanton. Un poblado indio más falso que un euro con la cara de Popeye acertaba a asomarse a nuestra derecha, y aunque era de lo más ridículo que habíamos visto desde que comenzamos el viaje, nos detuvimos a ver que se cocía en el ambiente. Nos recibió una mujer bastante estúpida que, aunque aseguraba que descendía de indios ¿sioux, apaches, navajos? Y que necesitaba dinero porque sus antepasados habían sufrido mucho. No nos dejaba grabar ni hacer fotos. Nos ofrecía una visita a una pradera inmensa y verde, tal como la que se encontraba más adelante y otras tantas en el camino, pero ésta costaba dos dólares porque sí, porque en sus tiempos había sido habitada por indios. También nos ofrecía entrar una tienda de campaña con artículos supuestamente artesanales hechos por indio, pero le restaba credibilidad el falso decorado en el que nos encontrábamos y su falta de educación. Cada frase terminaba con un “lo tomáis o lo dejáis”. El acabose fue cuando Chusy no se había enterado de nada de lo dicho por la mujer y tuve que acercarme yo a que me lo repitiera a mí. La pseudoindia estalló y me repitió el mensaje en voz alta, lentamente y vocalizando, como si yo fuera subnormal, vamos. No íbamos a aguantar más aquel trato de la india frustrada cuando no era recíproco, así que nos despedimos con un “Adiós, muchas gracias”. La mujer volvió indignada a su tienda soltando una sarta de insultos y mostrándonos el dorso de la mano con los dedos índice y corazón levantados en forma de V. Charly lo entendió como un símbolo de paz, pero en la sociedad anglosajona ese gesto significa fuck off, lo mismo que en nuestra sociedad alzar únicamente el dedo corazón. Personalmenre pedimos y recomendamos que no os detengáis en ese inhóspito lugar si un día os da por seguir nuestros pasos.

El siguiente tramo fue un combinado de Ruta 66 e Interestatal 44 cuando no había Ruta para seguir adelante. La Ruta 66 pierde gran parte de su encanto en más de la mitad del recorrido al circular a pocos metros de la Interestatal. Sorprendidos, los conductores observan cómo estamos haciendo su mismo recorrido, pero por una carretera con un asfaltado deficiente y por la que tardamos más del doble que ellos. Es, resumiendo, apostar por la emoción frente a la comodidad.

Un poco más adelante, en el poblado de Stanton, se encuentran las cuevas de Meramec. Todos entramos a recorrer la visita guiada excepto John, que no le llamaba mucho la atención y prefirió recorrer el bosque y el lago vecinos. Sin duda alguna fue el punto más interesante del día, aunque para ello destináramos algo más de una hora y perdiéramos el hilo temporal de la Ruta. Nos maravillábamos con los interminables bosques que se desplegaban a medida que avanzábamos, quizás sabiendo de buena mano que en dos jornadas los abandonaríamos para adentrarnos en la América desértica y profunda.

Los dos siguientes destinos eran Cuba y Devils Elbow. El pueblo de Cuba alberga una gran colección de murales a lo largo de la avenida principal y aledaños. Sin duda era el pueblo que mejor conservaba el espíritu de los inicios de la 66 a fuerza de conservar las edificaciones tal cual las levantaron única y exclusivamente para atraer a los fanáticos de la Mother Road. Hoy día nos preguntamos de qué viven los habitantes de estos pueblos aparte del turismo y los pequeños comercios. A las afueras del pueblo se encuentra la Fanning 66 outpost & general store, una tienda que desde fuera parece bastante pequeña, pero que en su interior alberga hasta una gran galería de tiro con arco. La dependienta, bastante simpática, nos invitó a una copa de vino de la 66. A sus afueras se encuentra una cosa tan excéntrica como estúpida: la mecedora más grande del mundo. La 66 se encuentra llena de varios récords mundiales aparte de éste, como la botella de Ketchup más grande del mundo o el Mc Donalds igualmente más grande del planeta, el cual veremos mañana. Quizás sea para demostrar que son los más grandes y mejores en todo, pero hay récords mundiales que serían mucho más interesantes si los tuvieran en otros campos. Ganan más puntos a la hora de tratar a las personas, lo que se interesan por tu vida sin conocerte de nada y lo que les sorprende cualquier cosa que les digas de la vida de Europa. Son, salvo contados casos como el Latin King del Dunkin Donuts o la india malahostia, una gente encantadora. A Luke le ayudaron cuanto podían cuando se cayó de la bicicleta dándole una botella de agua o un botiquín de bolsillo, y una chica se bajó de su coche en plena carretera para acercarse al nuestro a preguntar si nos podía ayudar en algo cuando nos perdimos por primera vez en la Ruta. Podría contar muchos más casos, pero sólo quería puntualizar para quitar un poco los estereotipos que tienen los americanos marcados con un hierro candente y que se quitan poco a poco viajando y conociéndoles en persona.

Devils Elbow es un pueblo perdido en la zona más frondosa de la Ruta 66. A sus afueras, perdido de la mano del Boss, se encuentra el Elbows In, el bar más auténtico que haya conocido en mi vida, donde paran los moteros a refrescar el gaznate. Sorprende nada más entrar el techo, lleno de sujetadores de moteras de todo el mundo que pararon en ese punto de la Main Street of America, dedicados todos ellos con su correspondiente autógrafo. En la barra se encontraba Terry, el típico motero gordo que te saluda alegremente con una cerveza en la mano. Estuvimos hablando un buen rato con él y con su compañero Max, un estadounidense que vivió unos años en Alemania, veraneó en Mallorca como todo alemán de a pie y que en español sólo sabía decir “dos cervezas, por favor”. Dejamos nuestra pegatina como nuestra huella al lado de otras de asociaciones moteras.

Parece que estamos estableciendo la costumbre de perdernos en la noche, pero es que el sol nos alumbra el camino, y al irse a dormir nos deja a dos velas, nos saltamos el último desvío de la 66 y acabamos circulando por carreteras sin denominación alguna. Estuvimos cerca de 50 millas sin encontrar pueblo alguno, simplemente casitas de cuando en cuando en una carretera por la que cruzaban deliberadamente mofetas, cervatillos, zarigüeyas, armadillos y perros con el riesgo de ser atropellados. El primer pueblo que paramos no tenía siquiera nombre en la entrada. Entramos a un autoservicio que tenía supermercado, bar y videoclub, y todo el mundo nos miraba como si viniéramos de otro mundo. Si ya es sorprendente para los de la 66 ver gente de fuera de Estados Unidos, imaginaros para pueblos que distan a decenas de millas de la civilización. A su vez pensaban que íbamos a robar o a provocar algún destrozo, pues no nos quitaron el ojo de encima durante nuestra fugaz visita por necesidades varias.

Pasaban las 11 de la noche cuando desesperadamente buscamos la interestatal para despedirnos de la 66 por esa noche. Estábamos aún a unas 90 millas de Joplin, donde teníamos reservado el motel. Nos saltamos y no vimos el cuarto y último Springfield del camino, al igual que nos pasó con los otros tres. Adiós a las coñas con Los Simpson.

Joplin en sí no tiene nada digno de ver, o al menos no tiene ninguna reseña en los mapas de la 66. Motel 6 es una cadena de hoteles básicos de Estados Unidos, más o menos lo que los hoteles Ibis o Formule 1 son para Europa. Sin duda es el peor sitio donde nos hemos alojado desde que pisamos suelo americano, y su precio no dista mucho del resto de hoteles, pero es el más económico que encontramos. Eso sí, tiene una piscina, la segunda del viaje y que tampoco aprovecharemos. Porque somos como aves de paso, anidamos por unas horas en los lugares más diversos de la geografía norteamericana, y a la mañana siguiente nos vamos como hemos venido. Más millas, por favor.


DATOS DE INTERÉS:

- Entrada a las cuevas de Meramec: 19$.

- Entrada al Gateway Arch: 20$.

Get your kicks on Route 66


Si hay algo que no concebimos en España como posible y vemos en escenas cómicas de películas americanas es que el agua del váter rebose de la taza y ponga el baño perdido, pero a nosotros ya nos ha pasado dos veces, la última esta mañana en la suite del hotel de Chicago, y no precisamente con el agua clara. El mecanismo de succión de agua es distinto a los váteres españoles y el nivel del líquido llega casi hasta el borde, eso sumado a que no siempre funciona el sistema de evacuación completa la escena. No es para sentirnos orgullosos, pero en tecnología higiénica les llevamos años luz de ventaja. Resulta una manera estrambótica de comenzar el día, pero puedo garantizar que te despiertas de golpe sin el estado de trance intermedio hasta el primer sorbo de café. Las cosas hubieran empezado con buen pie si Charly hubiera conseguido al fin su maleta, pero en la llamada número 51 del viaje a las oficinas de Aer Lingus le comunicaron que su maleta se encontraba en Tenesee (¡¡¡¿¿¿???!!!) en las oficinas centrales de FedEx, que es la empresa número uno de transporte urgente de USA. Comienza nuestra etapa de sprint, donde no pasaremos más de una noche en cada pueblo o ciudad importante, por lo que tendremos que reservar las habitaciones con varios días de antelación para poder dar nuestro paradero y así dar ventaja a la maleta para que nos alcance corriendo.


Volvimos al Giordano's donde habíamos comido el día anterior y salimos con la mala noticia de que no tenían nuestra videocámara. Contando con un total de una videocámara destrozada y otra desaparecida, vimos que no merecía la pena seguir inviertiendo en una nueva videocámara si no estábamos seguros de que fuera la definitiva. Hay proyectos que se empiezan con ilusión y que no llegan a buen puerto después de mucho esfuerzo, y éste parecía ser uno de ellos. Finalmente la cámara apareció debajo del asiento del copiloto, y es muy posible que se le escurriera a Charly cuando se la di y no nos acordamos ninguno del último momento que la habíamos tenido en nuestras manos. Quieras que no, encuentros casuales así despiertan una sonrisa en tu semblante y te hacen mirar adelante con mayor motivación.


Mientras mirábamos de reojo a un Chicago que nos recibió con la mejor de sus sonrisas y nos despidió con una patada en el culo de Pegaso, comprobamos con sorpresa y ánimo algo con lo que no habíamos contado en un principio: la Ruta 66, a pesar de estar descatalogada como carretera, aparece señalizada en las autopistas interestatales que conectan con ella bajo la denominación de "Historic Route 66". En la actualidad conserva prácticamente el mismo trazado, aunque con otras denominaciones según avanza el viaje.


Fue entrar en el desvío a la 66 y cambiar por completo el paisaje y el ambiente, a pesar de encontrarse a pocos metros de la Interestatal 55. Ya desde los primeros pueblos se nota una sociedad atrapada décadas atrás, quizás para mantener intacto el espíritu de la 66, carretera a la que deben la vida de sus pueblos, localidades que en muchos casos no sobrepasan los 1.000 habitantes. Luke definió la Mother Road como un parque temático de cientos de millas en línea recta, y tal vez no le falta razón, pues tiene tantos rincones fotogénicos que podríamos tirarnos bastantes jornadas para fotografiar todos los rincones con encanto que hemos visto hoy. Tras nuestra primera parada en el Museo de la 66 en Joliet nos hemos detenido a comer en el Launching Pad de Bloomington, cafetería famosa por tener el Gemini Giant, una de las estatuas gigantes que vigilan la Ruta y que supuso el inicio de la publicidad espectacular a los laterales de las carreteras para atraer la atención de los conductores. Ya en Joliet nos habían comentado que en esta jornada había muchos españoles en la Ruta, y mientras comíamos nos encontramos con los chicos de 110 en USA, con unos planes y recorrido similares a los nuestros y a los que mandamos un saludo desde aquí.



La Ruta 66 sufrió alteraciones desde su inauguración en los años 20 hasta su declive en los 60, por lo que a lo largo de la carretera te puedes encontrar con dos tramos simultáneos que acaban en el mismo punto. Nuestra decisión fue recorrer los tramos más longevos, decisión acertada en ocasiones -descubriendo tramos de kilómetros y kilómetros en línea recta por los que no pasaba un sólo coche y acompañados de la Banda Sonora idónea para la ocasión- y equivocada en otros puntos -en los que pasábamos serpenteando terrenos de gravilla sin ningún interés y que nos perdieron en más de una ocasión. A pesar de ser las cinco y media de la tarde, los museos de la Ruta y otros puntos interesantes se encontraban cerrados y sólo nos podíamos conformar con verlos desde fuera. Hubo algún que otro punto que nos saltamos sin querer, y es que cada pueblo que compone la Ruta tiene algo que lo hace destacar del resto y no se pueden ver absolutamente todos los puntos del camino.

Mención especial merece la gasolinera de Odell, regentada por un hombre mayor que acudió en su furgoneta a abrirla al ver que había extraños merodeando por la zona. Nos abrió la gasolinera, hoy convertida en tienda de productos sobre la 66, y nos invitó a firmar en su libro de visitas. Al rato entraron Nancy y su hermana Gloria. Viven en Los Angeles, y justo hoy (8-9-10) Nancy cumplía 66 años. Gloria, aparte de ser su hermana, es su mejor amiga, por lo que habían decidido tirar carretera y manta por la 66 hasta Chicago para celebrar tan simbólica onomástica. El rato que estuvimos en la gasolinera fue bastante ameno, recomendándonos sitios "imperdibles" de la Ruta y haciéndose fotos de recuerdo con nosotros. Personas tan simpáticas y carismáticas como estas dos hermanas hemos encontrado varias tan sólo en este primer día, pero no podíamos dejar pasar la ocasión de nombrarlas aquí.

Esta sobredosis de grandes momentos a recordar nos empujaba a detenernos a cada momento. Habíamos pasado del tour de las grandes capitales al tour de los pequeños detalles que hacían grande esta travesía, y no sabíamos cuál iba a dejar una huella más profunda en nuestra experiencia. Habiendo salido poco después del mediodía de Chicago no se pueden recorrer 475 kilómetros con sucesivas paradas esperando que luzca el sol durante todo el recorrido. Ya con el sol enrojecido tras las montañas nos perdimos alguna que otra vez en granjas que estaban donde Cristo perdió el móvil. Con la oscuridad copando un recorrido sin farola alguna, buscábamos desesperadamente un sitio donde cenar tranquilamente, ya fuese un restaurante de lo más típico de la 66 o un Subway al uso, pero a partir de las 22:00 no encontramos ni un solo sitio que estuviera abierto. Finalmente nos detuvimos en una gasolinera con burger autoservicio en Stanton, un pueblo sin interés alguno. Sin poder ver más allá de lo que alumbraban las luces del Cadillac, decidimos que había llegado el momento de buscar ayuda en la Interestatal 55 y marchar de una vez por todas a Sant Louis de una manera más directa.

Por increíble que parezca, era la primera vez que llegábamos al hotel antes de las dos de la mañana. Sant Louis se antojaba una ciudad bastante apetecible mientras se asomaba el imponente Gateway Arch por la ventana del coche, pero por primera vez íbamos a pasar de una gran ciudad y fijar la vista en el camino. Porque la vida en sí se trata de un camino, no de una meta a la que llegar apresuradamente, y mientras quede aliento para hacerlo, será indicador de que seguimos en movimiento y no pensamos quedarnos parados en el intento.

DATOS DE INTERÉS:

- Para llamar desde España a Estados Unidos debe marcar el prefijo internacional 00 + 1 + número de fijo o móvil. Desde Estados Unidos a España debe marcar 011 + 34 + número de teléfono. Los móviles españoles funcionan en Estados Unidos sólo si tienen tecnología tribanda.

Soy veraneante accidental en la ciudad del viento...


Por primera vez desde que empezamos la Ruta decidimos por unanimidad tener hora libre para levantarnos, sin poner alarma alguna. De esta manera, a las once de la mañana, un servidor abría un ojo y decidía prolongar media hora más el letargo acompañado de cuatro personas aún en el séptimo sueño de este hotel de la periferia. No desayunábamos con las mejores noticias tras comprobar lo que estaba sucediendo a unas doscientas millas de donde nos encontrábamos, el estado de Minnesota para ser más exactos:




Seguir a un tornado como lo hacen los verdaderos cazadores lo consideramos un espectáculo irrepetible, pero no estaba en nuestra lista de cosas por ver y sería bastante chungo por nuestra parte asistir al estallido de furia de uno de ellos en primera fila, por lo que sólo esperamos que no aparezcan en millas a la redonda.
Una de las características de nuestro viaje que se ha ido imponiendo según han ido pasando los días es la de no desayunar, sino enlazar el desayuno con la comida a primera hora de la tarde. Chusy vio desde la carretera, poco antes de llegar a Chicago, una oferta muy interesante de Buffet de pizza y pasta por sólo 7 dólares. Al llegar al sitio en cuestión comprobamos tristes que estaba cerrado, así que acabamos en el Giordanos que estaba unos cuantos metros más adelante, que viene a ser algo así como un Gino's a la americana. Una noticia digna de ser contada es que Chusy ha tomado por fin un plato de ensalada, según él, porque era gratis al venir incluido con el plato de pasta que se había pedido. Indignado argumenta que no es la primera vez que come lechuga desde que pisó suelo estadounidense, pues los Big Mac del Mc Donalds también tienen lechuga. Parte de razón lleva en ello, por supuesto.

Llegamos a Chicago con la triste noticia de que había olvidado la videocámara en el restaurante. Si todo sale bien y la gente es tan legal como suponemos, mañana nos acercaremos a primera hora a ver si la tienen. Charly llamaba por enésima vez a la compañía aérea para preguntar por la maleta perdida y le decían que tal vez estaba en Nueva York, tal vez en Tenesee en un centro de objetos perdidos... poco a poco se iban esfumando las posibilidades de recuperarla.

La ciudad del viento nos daba la bienvenida con el mayor bochorno vivido hasta el momento, y alguno de nosotros aún estaba con manga larga tras una mañana de calabobos. Hoy era un día para aprovecharlo en el lago, pero ninguno lo había previsto. Nuestros primeros pasos se dirigieron a la Torre Willis, que actualmente es el segundo rascacielos más alto del mundo tras la culminación de uno en Dubai que le saca tres cabezas. Será por la costumbre de visitar edificios emblemáticos de gran altura y envergadura, pero la tercera cumbre de la ruta no nos sorprendió apenas al tener unas vistas similares a las registradas en Nueva York y Toronto. Ni siquiera el balcón con suelo de cristal y vistas al vacío nos impuso la mitad de lo que lo hizo la CN Tower. Tal vez hayamos llegado a ese punto en el que necesitamos nuevos tipos de emociones, y qué mejor escenario para hacerlo que el inicio de la Ruta 66, cuya placa nos esperaba escondida en una farola a pocos metros del mítico rascacielos. Llevábamos toda la mañana buscando su localización por la Red y no había manera de hallar el punto exacto en el que se encontraba, por lo que no deja de ser maravilloso tropezar con este pequeño detalle en una ciudad de más de 2.000 kilómetros cuadrados y tomarlo como un buen augurio.

Teníamos ganas de ver la fuente de Chicago en el Millenium Park, pero la celebración de Lollapalooza a lo largo del mismo nos lo impedía. Lollapalooza es uno de los festivales de música más míticos de los Estados Unidos de América y significa para la generación crecida en los años 90 lo que Woodstock fue para la de los años 60, aunque nosotros sabíamos de la existencia de ese festival por un episodio de Los Simpson:


Chicago nos ofrecía espectáculos y lugares y visitar a decenas, pero Charly no estaba en su mejor día y se sentía agotado, quizás por las temperaturas, por lo que parte de la tarde la pasamos de forma sedentaria. Fue en un Dunkin Donuts donde nos pasó una anécdota curiosa. Charly se había pedido un granizado, pero el tipo de la barra le estaba preguntando si quería algo más. Cuando me llamó para preguntarme qué es lo que le estaba diciendo, al tipo en cuestión le entró una neura de tres pares. Me hizo un gesto con las manos a lo Latin King y no paraba de repetir 'What's the problem?! Eh?! What´s the problem?!' mientras amenazaba con salir de la barra, a pesar de intentarle explicar que mi amigo tenía de inglés lo que él de sentido común y cordura. Pasado el chispazo en su cabeza, volvió a portarse con normalidad y la escena siguió como si nada hubiera pasado.

Queríamos ver demasiadas cosas cuando nuestro día en Chicago había empezado a eso de las cuatro de la tarde tras aparcar el coche. Definitivamente el día de hoy fue el menos aprovechado de los que hemos vivido en América. El centro ofrecía grandes atractivos tales como la Cloud Gate, una especie de alubia gigante en la que el reflejo de las personas se deforma hasta límites inimaginables, o el espectacular auditorio del milenio, del mismo creador que el Guggenheim de Bilbao. Uno de nuestros planes era montar en un taxi acuático para recorrer la ciudad sobre el caudal de su río, pero la noche se nos echó encima más pronto de lo normal, o al menos esa sensación tuvimos. Por suerte nos pudimos alejar un poco del Downtown a última hora y hacernos unas fotos en el estadio de los Chicago Bulls y los Black Hawk.

El camino de vuelta al hotel fue algo así como entrar de lleno en una película americana. Es en momentos así cuando te das cuenta de que, a veces, la realidad supera a la ficción: un coche aparecía volcado en una calle estrecha sin llegar a explicarnos cómo pudo acabar así sin tener nada con lo que volcar; un barrio en el que no había ninguna persona blanca y que cada dos calles había una sirena de policía a todo trapo. Dos policías detenían a tres negros y les mantenían contra un coche mientras eran cacheados, casas encantadoras convivían junto a casas encantadas y algo nos decía que corríamos peligro si seguíamos en esa zona mucho tiempo. Un golpe seco al coche desde la parte de atrás nos volvía a la realidad. Desde el retrovisor se veía la cara que mezclaba el susto y la sorpresa de un chicano al volante que no llegaba ni a la mayoría de edad. Sin pensárselo dos veces, pegaba un acelerón de los que hacen ruedas y emprendía la huida sin decir siquiera adiós. Por suerte, Pegaso sólo sufrió un pequeño golpecito en el culo y no se nota en demasía. Nosotros sólo queríamos llegar al hotel para sentirnos de una vez por todas sanos y salvos.

Como he recalcado anteriormente, este día ha sido el menos aprovechado para nosotros, pero la esencia del viaje no reside en la exploración de las ciudades en profundidad. Algo nos dice que mañana empieza algo que, estemos preparados o no, será distinto a lo vivido hasta el momento. un servidor se tiene que ir a dormir, que le quedan poco menos de siete horas de sueño y mañana le tocan casi 500 kms. al volante del Pegaso. Si queréis encontrarnos... ya sabéis dónde estamos.


DATOS DE INTERÉS:

- Entrada a la Willys Tower: 15'95$.
- Está prohibido fumar en todos los edificios públicos; se deja propina en todos los restaurantes (un 15% de la cuenta), a los taxistas y a los camareros de los bares. En las tiendas, al precio indicado en el catálogo hay que añadir los impuestos de entre un 6% y un 12%.
- Existen tres versiones de la famosa Caesar Salad, con diferentes salsas como la Italian dressin' (aceite, vinagre, limón, cebolla, ajo, mostaza, sal y pimienta), la Blue cheese (al queso gorgonzola) y la French dressin' (tomate, miel y mostaza).

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