Vientos del norte

John aseguró que, aún siendo las tres y media de la mañana cuando nos fuimos a dormir, se levantaría a las nueve y aprovecharía el desayuno incluido en el precio del hotel por segunda vez en este viaje. A las doce, un servidor abría los ojos y a su alrededor sólo veía gente muerta de sueño que había hecho caso omiso a todos los despertadores que habín sido puestos a excepción de Chusy, que se habría levantado momentos antes y se estaba duchando. Nuestro sentido común sumado a la intuición nos habían aconsejado dedicarle un día más que el de la llegada a Toronto como al resto de grandes ciudades de Estados Unidos y enganchar el día siguiente Toronto con Chicago estableciendo a Detroit como ciudad de paso en vez de ciudad dormitorio por lo poco recomendable que era para visitar turísticamente según los foros de viajeros en Internet. Decidimos dedicarle a Toronto el tiempo que requería y, de esta manera, pudimos descansar más horas de lo previsto.

Lo primero que teníamos que hacer e hicimos fue cambiar dinero estadounidense por dólares canadienses. El dolar canadiense está ligeramente por debajo del de Estados Unidos, lo cual igualó la balanza en el banco al cobrarnos comisiones por el cambio. Total: 1 dólar estadounidense = 1 dólar canadiense. Eran casi las dos de la tarde y veíamos que nos iba a costar mucho encontrar los autobuses y el metro que nos llevaran al centro de la ciudad, así que decidimos por unanimidad comer consistentemente en ausencia de un desayuno que no habíamos podido tomar. El centro comercial donde se encontraba el banco se encontraba bien surtido de restaurantes: uno viet-thai, uno griego, uno caribeño, uno chino... pero ni rastro de la comida típica canadiense. A falta de la dieta del lugar, nos decantamos por el chino de toda la vida.

A primera hora cogíamos el autobús que nos llevaba a la última parada del Metro, desde la cual nos dirigimos al epicentro de la ciudad. Nos sorprendió el acceso al mismo, pues era el primer Metro de todos los que habíamos montado en nuestra vida que, en vez de acceder mediante un billete, se hacía con una moneda un poco más grande que las minúsculas pesetas de antaño, llamada Token. Resultaba tan curioso el mecanismo y tan kuka la "moneda" que nos queríamos quedar con una de recuerdo, pero es que esa mierda -no he encontrado otro calificativo- costaba nada menos que tres dólares, y nuestra economía está notando el despilfarro que tenemos en las grandes ciudades como para quedarnos con una de éstas:
WTF???

Una vez en el centro, conquistamos nuestra segunda cumbre del viaje tras el Empire State. La CN Tower. Esta megatorre, con sus 555 metros de altura, es la segunda torre más alta del mundo, y desde lo más alto se puede ver... no voy a decir el chiste porque me parece muy estúpido y muy utilizado como para poner topicazos en este blog. Una vez arriba y tras haber hecho las fotos de rigor, estuvimos en una pasarela de cristal en la que se observa el vacío bajo tus pies. A pesar de no tener vértigo a estas alturas de la vida, un servidor reconoce que cosas así aumentan ligeramente la adrenalina y las pulsaciones por minuto, preguntándote aún sin quererlo qué pasaría si los cristales cedieran por un casual. John no se atrevió a traspasar la zona de hormigón, Chusy lo hizo después de veinte minutos mirando hacia arriba, sin atreverse a observar el suelo.


Conquistada la cumbre, nos dedicamos a estudiar la ciudad más en profundidad. Descubrimos una ciudad de contrastes, muy similar a Frankfurt a su manera: convivencia de rascacielos al más puro estilo neoyorquino con edificaciones históricas y de épocas pasadas. Canadá y Estados Unidos son dos países que se sienten reflejados el uno en el otro como si de un espejo se tratase, y su forma de vida y costumbres son realmente similares. Incluso las monedas son del mismo tamaño y grosor, diferenciándose únicamente en el grabado de las mismas. Igualmente, Toronto tiene un Chinatown y un Little Italy como parte de sus barrios peculiares, pero no quisimos recorrerlos. Por razones de hastío, mayormente; es alarmante la poca originalidad de estas ciudades.
El sol se ponía y nuevamente la ciudad nos ofrecía su lado más futurista e interactivo. Queríamos ver el puerto y pasear por la orilla del lago, pero eran las diez y teníamos que hacer muchas cosas antes de irnos a dormir. Al día siguiente nos esperaba una paliza de carretera similar a la que tuvo origen en Boston, y más nos valía estar serenos para saber capear el temporal.

A estas alturas del viaje nos empezamos a olvidar de las cosas que nos habíais pedido que os trajéramos de esta aventura. Por ello, aparte de ejercer la función de rincón de opinión y críticas, abrimos el panel de mensajes para que nos pidáis lo que queríais que os llevásemos. Será regalo si no cuesta mucho y será encargo a pagar si vale lo suyo, claro está. Igualmente damos las gracias a la gente que pierde su tiempo en comentar con cierto ingenio esta locura que están llevando a cabo estos cinco locos. Vosotros sois el aliciente principal y el impulso que me lleva a escribir cada noche hasta eso de las 3:00-3:30 para manteneros informados e inmortalizar de esta manera este viaje que nos va a marcar de por vida.


Muchas gracias


DATOS IMPORTANTES:

- Entrada a la CN Tower: 25$ canadienses.
- Token o viaje en el Metro de Toronto: 3$ canadienses.

Más kilómetros, por favor


Dicen que no hay mejor consejo que el que se da uno mismo, pero en este caso no escuchamos esa voz interior que nos aconsejaba una etapa más tranquila con noche de cervezas en Buffalo, que queda aún la mayoría del continente norteamericano por descubrir y que el cansancio acumulado acaba pasando factura; hicimos caso a vuestra petición de acabar la jornada en Toronto y así nos fue.

Creíamos que, a medida que ascendiéramos Norteamérica, sentiríamos en la piel el frío a pesar de estar en pleno mes de agosto, pero es que Boston fue una sauna austriaca al lado de Nueva York. Tuvimos que alejarnos de la costa para situarnos en la punta de las borrascas. De esta manera, gran parte del trayecto entre Boston y las Niagara Falls los hicimos conduciendo bajo la lluvia y discutiendo horas sobre política, que es como el fútbol: nunca nos ponemos de acuerdo y llegamos a ser de polos opuestos, pero encuentra tú amigos que se lleven tan bien como nosotros a pesar de los pesares. A falta de una ciudad que nos convenciera en medio del camino para pararnos a visitarla, nos detuvimos en una estación de servicio entre trailers de película para ,atar el hambre. Resulta sorprendente encontrarte en medio de la nada con una estación de servicio que es como un pequeño centro comercial, con sus tiendas y sus restaurantes de comida rápida. Lo bueno que tiene la comida rápida es que es rápida; lo malo es que no es comida, y el problema radica en que Chusi y Charly comen demasiadas hamburguesas, perritos calientes y pizzas, repitiendo como norma general en las comidas, y apuesto a que van a ser los dos Router Boys que más van a engordar en esta aventura.

Poco después de las seis de la tarde, llegábamos con el Pegaso a las Cataratas del Niágara. Ante nosotros se abría una vorágine de sensaciones similar al síndrome de Stendhal. Una sobredosis de belleza nos empujaba a admirar aquella caída que separaba a dos continentes de la forma más impresionante jamás imaginaba, pero a su vez nos obligaba a no mirar más allá de la corriente fluvial si no queríamos llevarnos una gran decepción. Efectivamente, a pocos metros de las cataratas se alzaban, cual imperio de la orgía capitalista, infinidad de hoteles y casinos con sus luces psicotrópicas llamando al desenfreno economista y olvidarse de la maravilla que la Madre Naturaleza brindaba junto a ellos. Pocas veces ha llegado a tal grado mi indignación ante el poder destructivo del ser humano, y en este caso tienen la culpa a partes iguales tanto los Estados Unidos como Canadá, pues a cada uno pertenece una orilla.

Intentando olvidar semejante destrozo, un barco nos llevó al epicentro de la eclosión del agua en ese salto que, a pesar de ser más pequeño de como lo muestran en la televisión, resultaba espectacular y digno de ser visitado. A pesar de ponerte un poncho que te regalan en el acceso a la embarcación, nadie se salva de terminar el recorrido completamente calado. Una postal preciosa que nos habían regalado al comprar los tickets del barco terminó en la papelera al no conservar nada de la imagen con la que en su momento fue creada.


Capitán Pescanova y sus secuaces

Empezaba a anochecer cuando partimos del pueblo camino de la frontera con ciertas preguntas en el ambiente ¿podremos cruzar la frontera con un coche alquilado? ¿supondrá un suplemento en la factura cuando lo devolvamos en Los Angeles? Estoy casi seguro de que un coche que alberga tanta tecnología tenga seguramente en su interior un GPS de seguimiento para seguir su rastro, y en ningún momento en el contrato se hacía referencia al caso de abandonar los Estados unidos de América. Sólo el tiempo me dará la razón o me la quitará. El caso es que en la frontera no se pasaron con el control como nos temíamos, pero el policía de aduanas se enfadó con nosotros cuando Charly prácticamente en su cara abrió la ventanilla y escupió toda la Coca Cola que tenía en la boca porque no podía aguantarse de la risa, en estos momentos no recuerdo por qué razón era.

Una vez respondidas la sarta de preguntas sobre nuestros motivos de entrada al país y puesto el sello de admitidos, pasamos a territorio canadiense. No éramos capaces de sacar diferencias con respecto a Estados Unidos porque estábamos respirando el mismo aire y la oscuridad de la noche nos impedía contemplar el paisaje. El GPS se despidió de nosotros hasta la vuelta y se negó a ayudarnos en el viaje hasta Toronto. Hermana, la próxima vez carga la cartografía de los países limítrofes a nuestro destino por si la audiencia vuelve a votar en nuestra contra. Por las carreteras no fue difícil transitar, pues todas las ciudades grandes disponen de numerosos y cómodos accesos. Toronto nos acogió a eso de la medianoche con los brazos abiertos. Las luces de sus rascacielos se reflejaban en la retina de nuestros ojos y nos mostraban la inquietud del ser humano en un mundo que no se detiene ni un segundo. El dinamismo que regía la ciudad le daba un aspecto futurista con un toque de cotidianeidad. A mi mente venía una sintonía acompañada de un videoclip muy similar a lo que estábamos viendo en ese momento:



Hasta este punto todo muy bonito, podíamos decir que perfecto. El problema tenía su origen en que nos encontrábamos en una ciudad de dos millones y medio de personas sin tener ni la más mínima idea de dónde se encontraba el hotel. Yo tenía la certeza de que estaba en el número 30 de la Finch Street, una calle que tenía los números salteados y sin un orden lógico, la cual encontramos una hora y media después tras bordear la metrópolis en varias ocasiones con riesgo de salirnos de ella. Tras otra hora recorriendo una calle que puede ser el triple de grande que el Paseo de la Castellana, tras comprar un mapa en una gasolinera vimos que el hotel se encontraba en North Finch Road, que es como buscar un hotel en Móstoles en la Calle Zaragoza cuando éste se encuentra en la Calle Sitio de Zaragoza. Eran las tres y media de la mañana cuando llegamos al hotel y nos daban una habitación para cuatro personas en vez de los cinco huéspedes que habíamos acordado por Internet. Con overbooking de sueño en nuestro hipotálamo, John se ofreció a dormir en el suelo y no hay mucho más que contar de este día. Un servidor se encarga de manteneros informados a diario de lo que nos sucede en esta aventura, pero siempre le dan las tres y media de la mañana cuando se va a dormir mientras todos duermen y dormir tan poco se reflejará en su aspecto físico con el paso de los años. Esa noche el cuerpo me dijo 'basta' y me pidió un respiro, razón por la que os escribo todo esto veinticuatro horas después. Espero que sepáis comprenderme.
Consecuencias de dormir tan poco

DATOS DE INTERÉS:

- Ferry a las Cataratas del Niágara: 13'5 $
- Plano de Toronto: 8$ canadienses

Adiós a la costa este

Se puede decir que pasamos con nota nuestro primer desplazamiento en familia por la costa este, sin peleas en el coche, sin mareos inoportunos y sin perdernos demasiado en el camino. Comprobamos los cinco que el GPS del Nokia deja bastante que desear y, aunque se vanaglorie con esto que voy a decir, debimos hacer caso a Pika cuando nos aconsejó que adquiriéramos un GPS en El Corte Inglés y lo devolviéramos al finalizar el viaje. A pesar de todo, creemos que tenemos un poco de intuición y suerte de nuestro lado y nos manejamos con relativa soltura por las autopistas estadounidenses. Creo que hay algo que no he dicho en los dos artículos anteriores, y es que el coche que tenemos para nuestro viaje es el Cadillac DTS que en sus tiempos anunciamos a bombo y platillo. Pegaso es muy fuerte, se porta bastante bien con nosotros, no nos deja tirados y nos mantiene fresquitos cuando fueran la gente se derrite a 92 grados Farenheit. Eso sí, el condenado chupa más que el amor, parece un Mercedes de los antiguos, pero se lo merece y nosotros nos encargamos de darle de beber cuando tiene sed.

Pisar el suelo de Boston supuso para nosotros llegar a un territorio del que no sabíamos nada y nos las teníamos que apañar para que nos cundiera bien el día. La ciudad nos dio la bienvenida mostrándonos su maravilloso puerto. Boston es conocida por la Universidad de Harvard y -sobre todo- por sus langostas, las cuales probamos a la hora de comer y les pusimos una nota bastante alta todos, menos Chusy, que se pidió un bocadillo, y Charly, que se vio obligado a comerse una a pesar de que no le gusta, pues el colega pidió un plato de pasta en su inglés señalando la langosta en el menú. El manjar con su correspondiente bebida nos salió por algo más de 30 dólares, pero fue una inversión bastante acertada. Era la primera vez que tomábamos una comida decente desde que pisamos suelo americano.

La ciudad es mucho más pequeña que Nueva York, con menos rascacielos y -a juicio de los cinco- como más europea. Destaca sobre todo por lo limpias que mantiene sus calles, de las ciudades más limpias que hemos conocido nunca. Tiene un simpático sistema para guiar a los turistas por las sendas más interesantes de la ciudad, que consiste en una línea roja que traza un amplio recorrido por sus distintos barrios, ofreciendo un contraste bastante ameno. Descubrimos que Boston también tiene su Chinatown y su Little Italy como la Gran Manzana.
Preguntando en la oficina de información nos comentaron que por la noche jugaban un partido de la Liga Americana de Béisbol los Boston Red Sox y los Cleveland Indians. John quería que fuéramos en un barco a ver ballenas en altamar, pero cuando llegamos a la taquilla para sacar nuestro billete nos informaron de que el barco había partido hacía poco, y que no habría otro viaje hasta el día siguiente. Así que, por unanimidad, decidimos marchar sin preder más tiempo a Fenway Park para ver uno de los espectáculos más votados en la encuesta si no contamos con la fiesta universitaria, que fue amañada por Chusy al votar hasta nueve veces por la fuesta a lo American Pie. Al salir del Metro en la parada del estadio nos asaltó un reventa para vendernos cinco tickets por 45 dólares cada uno. Ante nuestra negativa comentó que ya nos arrepentiríamos; sin embargo, el que se arrepintió era él, que volvió a asaltarnos tres minutos después para bajar el precio a los 40 dólares. Tuvo que dejarlas en 35 para que nos decidiéramos a comprarlas finalmente, y la cosa podía haber acabado más económica.
Asistir a un partido de la Liga Americana de Béisbol ha sido posiblemente el punto más fuerte que hayamos tenido hasta el momento. Compartir la pasión de una afición por su equipo no tiene precio, el caso es que los Red Sox fueron aplastados por los Indians con un contundente 1-9. la gente no estaba para muchas celebraciones, así que empezó a abandonar el estadio cuando aún quedaban dos juegos para el final. Nosotros, viendo la avalancha que se avecinaba, decidimos marcharnos con los más tempraneros. Nada más lejos de la realidad, el Metro esta noche parecía la Love Parade sin tener que lamentar ninguna avalancha, por lo que no tuvimos más remedio que coger un taxi que nos llevara donde nuestro coche estaba aparcado.

Charly, que no había comprado nada con el hipotético crédito que le ofrece la compañía aérea pierdemaletas por daños y perjuicios, se vio en la necesidad mortal de tener provisiones de calzoncillos y calcetines para no pasar más días con la ropa interior que tenía desde la noche de la fiesta de despedida. No tuvimos otra opción que irnos de tiendas a las doce de la noche en un supermercado abierto 24 horas en la carretera que lleva al hotel.

Llevamos sólo cinco días en Yankilandia y ya empezamos a sentir el cansancio acumulado. No estamos tan jóvenes como antes y mañana tiene lugar la primera paliza de nuestra ruta: 750 kilómetros de Boston a las Cataratas del Niágara, y después 130 kilómetros hasta Toronto. Así es, vosotros opinásteis y la democracia ganó. Mañana pisaremos territorio canadiense.

DATOS DE INTERÉS:

- Entrada al partido de los Red Sox: 28$ (35$ en reventa).

Leaving New York... never easy

Juntos para siempre, felices y alegres



Si hay que poner una etiqueta a este día, podríamos tacharlo como el día en el que no salió nada de lo que nos propusimos. Para empezar, teníamos que mover el coche a las 7:30 bajo riesgo de multa y de acabar el coche en el depósito. Nos despertamos media hora después, aunque, por suerte, nuestro coche segúia debajo de la ventana cuando fuimos a por él. Lo dejamos en un aparcamiento de pago, apoquinando la broma por 20 dólares. El problema de tener una sola habitación para cinco personas es que también tenemos sólo un baño, y como somos unos chicos muy limpios, nos tiramos una eternidad hasta que el último sale aseado. A ello sumamos el contratiempo de rehacer la maleta y revisar la habitación doce veces, por lo que era poco antes de mediodía cuando salimos del hotel tras dejar las maletas en recepción.

Una vez en Times Square descubrí algo que achacan a los países subdesarrollados: En Nueva York se regatea a la hora de comprar en gran parte de los negocios. Así, por una videocámara que marcaba 800 dólares en su etiqueta, hemos pagado 200. La cámara no es gran cosa ni mucho menos para valer eso, es mucho peor que la que yo tenía, pero esperamos que al menos pueda seguir adelante nuestro proyecto salvando el pequeño bache sin documentación audiovisual. Eran las 14:00 cuando decidimos que había llegado la hora de comer sin haber desayunado. Por primera vez desde que pisamos suelo americano comimos una pizza.


Saldadas todas nuestras cuentas con el hotel, llegaba la hora de que Charly tuviera por fin su maleta tras tres días sin cambiarse de ropa. El hotel notificaba que no había recibido ninguna maleta, por lo que fuimos directos al aeropuerto previa llamada a esa panda de incompetentes. Pensábamos estar después de comer en Boston, eran las 18:00 y no habíamos salido de Nueva York. En el aeropuerto nos esperaba una nueva sopresa: la compañía aérea se había vuelto a equivocar y la maleta no era la de Charly, sino de otra persona. Su maleta supuestamente está rodando con sus ruedecitas por los corredores del aeropuerto de Dublín en estos momentos. A cambio de esta gran putada le ofrecen la posibilidad de gastarse 75 dólares diarios durante tres días para subsanar las molestias causadas, dinero que supuestamente será reembolsado en un incierto futuro. Se comprometieron a devolverle su maleta o a darla por perdida en un plazo de cuatro semanas y devolverle en metálico el valor de los objetos perdidos. Bonitas palabras que no sirven de nada, podéis imaginaros el estado de ánimos de Charly con respecto a ese tema.


No acabó con el mejor pie la despedida de Nueva York, y sin embargo se podía notar en nuestros rostros cierto aire de melancolía al abandonar la ciudad. Algo de nosotros se quedaba en sus calles, pero la travesía debía empezar. Nos esperaba lo desconocido, la emoción de sentir el asfalto de las autopistas estadounidenses... vivir la aventura en movimiento.


Durante el trayecto hacia Boston descubrimos las carreteras americanas de primera y segunda. Comprendimos a los catalanes y el calvario de pagar peaje cada dos por tres cuando de coger una carretera en condiciones se trata. En numerosas ocasiones nos hemos desviado de la interestatal y hemos cogido una secundaria, en la que hemos descubierto la esencia americana: una carretera interminable que atravesaba todos los pueblos de la ruta de principio a fin, casitas majas todas ellas con yarda propia y números de portal altísimos, semáforos cada trescientos metros y áreas de servicio con mc Donalds, Dunkin Donuts, Burger King y demás inventario de la dieta yankee. Chusy personalmente acabó hasta las narices -léase cojones- de la esencia americana.




Poco antes de la medianoche llegamos al hotel. Se encuentra en Farmingham, un pueblo a treinta kilómetros de la capital, y se trata de un hotel con todo el encanto que no hay en nuestra tierra, de esos que se ven en las películas: casitas bajas en hilera y coches aparcados en la puerta. Queríamos celebrar nuestro primer viaje en una cervecería cercana, pero el tipo se negaba a servirnos una cerveza si no le enseñábamos el pasaporte. Inaudito.


- Pero ¿Se puede saber la razón de esto?

- Esto es Massachusets, tío - contestó de la manera más chovinista posible.

Teníamos el coche a cincuenta metros y podíamos haberlos sacado, pero con estúpidos de ese calibre hubiéramos preferido tener una recortada en el maletero y montar una matanza de película. El sueño nos podía y decidimos irnos a dormir. No había sido el día más productivo, pero nos quedaba tanto por ver...

DATOS DE INTERÉS:
- Lo mejor para moverse por las carreteras del estado es un vehículo, pues hay muchos puntos interesantes de América fuera de toda ruta de autobús o tren; y equipado con GPS, le será útil para no perderse por las rutas urbanas.

Ensayo y error

Si de algo podemos presumir es de que nuestros días no están siendo para nada aburridos o monótonos. Puede que estemos teniendo contratiempos que hacen que ciertas situaciones terminen de manera catastrófica, pero a la larga todos ellos constituirán las anécdotas más interesantes y de las que más nos reiremos en un futuro. Lo positivo es que estamos aprovechando el tiempo al máximo, como si los estadounidenses compraran el tiempo para tener más ocio. De etsa manera, a las 21:30 tenemos la sensación de que son las 23:30 o las 0:00, y sólo hay ganas de volver al hotel.
Nueva York da para mucho más que dos días, pero podemos asegurar que hemos visto los atractivos principales que nos ofrece la ciudad a golpe de talonario con taxis de norte a sur de la ciudad. Por fin conocimos el lado amable de los taxistas de camino al ferry para la Estatua de la Libertad, con el que nos distendimos en la hora punta neoyorquina hablando de fútbol, de España, de su New Jersey natal, del dolor compartido en los atentados del 11-S y el 11-M y de lo que Estados Unidos opina de Obama. El tipo se enrolló lo suyo al parar el taxímetro cuando íbamos a un kilómetro por hora.
La isla de la Libertad, donde se encuentra la famosa estatua, no es el único aliciente que tiene el viaje en ferry. A su lado se encuentra la isla de Elly, donde hasta los años cincuenta estuvo funcionando la oficina de inmigración de los inmigrantes que llegaban a la tierra prometida en barco, donde una estatua les alumbraba el camino con una antorcha pero, al igual que hoy día, no les garantizaba un hueco entre los suyos. La audioguía del viaje te narraba las experiencias de casos concretos, experiencias de este pabellón conocidos posr unos y otros como la sala de la esperanza y la sala de las lágrimas. En sus paredes se podían ver inscripciones de personas que contaban las horas antes de la resolución final, alguna de ellas de origen español.
De vuelta a la realidad y quemados por el sol del mini crucero, recorrimos los puntos más conocidos del downtown y el sur de Manhattan, tales como el toque de huevos al toro de la Bolsa, el edificio de Wall Street, el puente de Brooklin y el Ayuntamiento. En la Zona Cero del World Trade Center podríamos decir que no había un silencio palpable en el ambiente, pero sí una tranquilidad que no había en el resto del distrito. Casi diez años después de la catástrofe hay heridas que no han terminado de cicatrizar, a pesar de estar levantándose los nuevos cimientos que ocuparían ese vacío en el centro de la ciudad. Eran las cuatro de la tarde y estábamos a unos diez kilómetros de la web cam que encontramos en Times Square y por la que habíamos prometido aparecer para mandar un saludo a los nuestros; nos quedaba medio día en la Gran Manzana y queríamos sacarle todo su jugo antes de nuestra partida.
El último punto importante que queríamos ver se encontraba precisamente en la otra punta de la ciudad: Central Park. Resultaba utópico querer ver el parque en todo su esplandor cuando estaba empezando a ponerse el sol, así que optamos por alquilar unas bicicletas. Un joven chino sonriente nos ofrecía unas por quince dólares la hora. Resultaba un precio bastante atractivo, aunque cuando nos metió por una calle y vimos que su oficina era una furgoneta mal aparcada con unos cuantos negros dentro, no nos dio muy buena espina el negocio. Efectivamente, las bicicletas estaban hechas una porquería: fallaban los frenos, el cambio de marchas, el sillín no se podía regular... el paseo por Central Park se antojaba un tanto arriesgado. Luke se encargó de grabar nuestra travesía por las verdes sendas. Todo iba bien, silbando la melodía de Verano Azul y comprobando lo maravillosa que podía llegar a ser la vida, pero en una pendiente pronunciada, Luke, con una mano ocupada por la cámara, frenó con la rueda delantera y salió volando antes de caer de manera estrepitosa, besando el suelo como hacía el Papa antaño. A pesar de lo aparatoso del accidente y la sangre, Luke sólo sufrió heridas que no revisten ninguna gravedad. La única muerte que hay que lamentar es la de la cámara de video, que se rompió en mil pedazos y supuso el fin de nuestro ansiado documental sobre la Ruta 66. En un principio Luke se negó rotundamente a ser fotografiado para subir su imagen al blog con vistas a no preocupar a nadie. Si nuestra palabra sigue teniendo valor alguno a día de hoy, podemos a segurar a todos sus familiares y conocidos que es más aparatosa la apariencia de lo que realmente es, y que cuando vuelva a casa llegará hecho un pincel.


De vuelta al hotel nos encontramos con los hijos pródigos, Charly y John, que habían vuelto de Washington. Lejos del emotivo reencuentro que nos esperábamos, nos recibieron con un "¡Sois unos incompetentes!", entre otras cosas por habernos dejado abierta la ventana del hotel, con el riesgo que conlleva al hallarse en un primer piso. Sorprendidos con la cara de Luke, nos pusimos a contar nuestras anécdotas durante los dos días que habíamos estado separados. Ellos, por su parte, nos enseñaron las fotos que habían hecho en la capital, muchas de ellas con un alto grado de contenido explícito que nunca podrán ser subidas al blog por la variedad de público que lo lee. Los que conocéis a Charly os podéis imaginar qué clase de fotografías son.
Cada grupo a su manera, habíamos exprimido nuestra energías al máximo. El resto de la noche lo invertimos de manera práctica en buscar el hotel del día siguiente en Boston. Decidimos comprar entre los cinco una videocámara digital nueva que fuese económica y revenderla en el Cash&Converter a nuestra vuelta a España. Hay cosas que merecen la pena y que se hacen sólo una vez en la vida, y un buen recuerdo en formato DVD será para siempre. A pesar de no haber terminado de la mejor manera posible, hoy ha sido un gran día y lo celebramos los cinco juntos con una buena noticia: la maleta de Charly -por fin- ha aparecido.


DATOS DEL VIAJE:
- Ferry para ver la Estatua de la Libertad: 12$, 20$ con audioguía.
- Alquiler de bicicletas en Central Park: 15$/hora.

Duda cruel

Avisamos más o menos desde la creación de este blog que -por encima de todas las cosas- somos hombres de palabra y nunca sentenciamos si no estamos seguros al cien por cien. Hace un par de semanas publicamos el planning quasi-definitivo de lo que iba a suponer nuestro viaje, dejando para última hora los imprevistos y cambios voluntarios y forzados en la Ruta, pero dejando claro que no era algo definitivo. Sabía que las dudas surgirían una vez en América, y éstas no se han hecho esperar.
Mañana partimos a Boston para verlo dos días. El miércoles 5 continuamos nuestro camino para hacer uno de los tramos más largos de nuestra Ruta, con algo más de 750 kilómetros para llegar a las maravillosas Cataratas del Niágara, uno de los platos fuertes del viaje. El tema es cómo continuar hasta Chicago, puesto que se abren dos caminos bastante interesantes y no se puede estar en misa y repicando, como dicen en los pueblos. Los tramos son los siguientes:

Toronto-Detroit-Chicago: La ciudad más imponente de Canadá resulta una opción un tanto golosa para los cinco. Sin duda sería otra grandísima ciudad a visitar. Un gran aliciente es que se encuentra en Canadá, y mola eso de visitar países nuevos, aunque sea sólo un día, como nos ha pasado en la bella y verde Irlanda antes de viajar a Nueva York. La lástima es que es una ciudad tan grande y bonita que nos apenaría dedicarle tan poco tiempo como es medio día. El mayor contra reside en que se encuentra a 130 kilómetros de las Cataratas del Niágara, y eso resulta demoledor tras un viaje previo de 750 kilómetros. Otra cosa que podría echarnos para atrás es que la segunda ciudad del tramo propuesto, Detroit. Que sí, que fue la cuna del motor en sus tiempos y que suena muy americana, pero ya pasaron esos felices años 60 y hoy día la ciudad es bastante deprimente a la par que fea, según dicen en los foros de viajes.


Buffalo-Cleveland- Chicago: La otra opción consiste en viajar por la parte sur del gran lago Erie. Buffalo se encuentra a tan sólo 30 kilómetros de las Cataratas dek Niágara, por lo que podríamos estar allí apenas hayamos visto ese espectáculo de la naturaleza, y eso se agradece después de un día sobre el motor de un coche. También la segunda ciudad del trayecto, Cleveland, gana por goleada a Detroit en cuanto a belleza y monumentos. Los contras de todo esto es que Buffalo es una ciudad bastante pequeña, me atrevería a decir que más pequeña que Móstoles, y sin nada realmente interesante para ver, a diferencia de Toronto. Por último, no visitaríamos otro país, sus costumbres ni su naturaleza, y vale, hemos venido exclusivamente a los Estados Unidos, pero el placer de conocer nuevos mundos no ocupa lugar.
Es por ello por lo que os pedimos nuevamente que nos echéis una mano como buenos amigos, conocidos y lectores desconocidos que sois. De esta forma instalamos la segunda encuesta de este blog al principio del menú de la derecha, para que os pongáis en nuestra piel y decidáis qué os gustaría hacer si estuviérais aquí, en la habitación del hotel tratando con nosotros sobre el tema. La encuesta se cerrará el día de nuestra marcha a las Cataratas del niágara, el día 5 de agosto. Prometemos teneros en cuenta.

Ruta 66: El blog, en los premios 20Blogs de 20minutos.es


Aunque lleva anunciado tiempo en la página, este humilde blog -que se ha ido haciendo más grande sobre todo a raíz de vuestras visitas y comentarios- participa en los Premios 20Blogs del diario digital 20minutos.es en la categoría de blogs de viajes. Por ello no os vamos a vender nada ni a arrastrarnos suplicando por un voto (aunque apostamos que a más de uno les gustaría vernos en esa pose y situación). Simplemente queremos que seáis sinceros y, si creéis que el blog merece la pena y que vale para ganar el premio, votéis por él en el siguiente enlace. Tenéis desde el 2 de agosto hasta el 30 de septiembre. Si todo sale bien, rompemos el premio en mil pedazos y damos un cachito del mismo a todo aquel que se identifique como votante del blog. Dicho queda.

Nueva York para principiantes

Resultan graciosos los planes en vacaciones, cuando la vida no se toma en serio y no te juegas un puesto de trabajo o una cita en el médico. A las siete de la mañana sonaba un zumbido insistente en el móvil para recordar a Charly y a John que tenían que marcharse al aeropuerto a por el coche. Tras más de tres minutos, un servidor tuvo que hacer el inhumano esfuerzo de levantarse de la cama y apagarlo para hacer un favor a la microcomunidad formada a raíz de este viaje. A las nueve de la mañana, Chambao nos dedicaba su Duende del sur para recrodar a Chusy, Luke y Bola que aún no habían visto prácticamente nada de la ciudad y el tiempo apremia. Pues hasta casi una hora después no nos despertamos los cinco. Si a eso sumamos que sólo tenemos un baño en la megahabitación, el tiempo de ducha se alarga por muy rápido que nos duchemos, y Charly estuvo tanto tiempo que creíamos que se estaba dando un baño de espuma. Nos separábamos dos días y parecía que se acababa el viaje, con despedidas emotivas y deseándonos lo mejor en nuestro caminos.
Por la parte de los neoyorquinos, nos pusimos a andar con un rumbo no determinado al cien por cien, como aquel que empieza su camino en Legazpi para ir a visitar el Bernabeu. Así que, aparte del Nueva York más monumental, también vimos la parte más cotidiana de la ciudad, con la que rompimos muchos mitos:
- La gente no está tan gorda como nos pintan desde la vieja Europa. Debe haber sido bestial la pelea que tuvo el gobierno con el sobrepeso, ya que en todos los restaurantes y bares te indican las calorías de cada alimento para que la persona sepa lo que está tomando. También vimos numerosas personas haciendo ejercicio por las principales avenidas, cosa que se empieza a echar de menos en España. Tipazos a tutiplén producto de la concienciación social.
- Después del poli enrollao, en el camino de vuelta al hotel nos topamos con el taxista sieso, lejos de los taxistas locos y parlanchines que tanto caracterizan a esta ciudad. Eso sí, todos de Bangladesh y alrededores.
Diferenciamos con una sonrisa a los habitantes de la ciudad de los guiris al uso, que continuamente están mirando a las alturas con la boca abierta. Y es que Nueva York tal vez no gane por KO, pero puede triunfar por puntos. Encarna el American Way of Life a la perfección: ante la majestuosidad y monumentalidad de las ciudades europeas, Estados Unidos apuesta directamente por la grandeza americana, la falta de límite en la vida vertical y la estrechez de las calles que brinda la sensación de sentirte encerrado a la vez que abrazado en ellas. Una vez en lo alto del Empire State comprendí lo pequeños que somos mientras observaba los millones de personas anónimas que estaban a nuestros pies. Únicamente haciendo excentricidades como tocar la guitarra con un gorro vaquero y calzoncillos te hacen ser alguien conocido en Nueva York (aunque a día de hoy no hemos visto al famoso Naked Cowboy). Era casi la una de la tarde y una llamada de Charly desde la agencia de alquiler de vehículos del aeropuerto nos hacía saber que definitivamente no tendríamos el Cadillac. En estos momentos, mientras veo en la hoja de reserva que el coche que habíamos alquilado era el modelo "Cadillac DTS o similar", me quedo con las ganas de saber con qué máquina cabalgaremos el país de costa a costa.


Sin comentarios
Matamos el hambre desde primera hora con comida poco recomendable, y comprendimos por qué es tan adictiva. Hot-dogs en el desayuno y hamburguesas para comer, con el aliciente de tener un vaso con el que recargar cuantas veces quisiéramos en una expendedora de bebidas con los sabores jamás imaginados en nuestra tierra. Entrada la tarde, habíamos caminado más de cinco kilómetros, pero algo me decía que no serían suficientes para quemar todas las calorías que estaban teniendo overbooking dentro de nosotros.

Andar entre avenidas colmadas de rascacielos establece un deja-vù constante en tu cabeza, guiándote en muchas ocasiones por la numeración de llas calles y avenidas para asegurarte de no haber pasado anteriormente por allí. No sólo eso, sino que todo te sonaba haberlo visto en tal o cual película. Tras el Flat Iron y el Empire State vinieron el Chrysler Building, la estación central, la sede de la ONU, Rockefeller Center y otros tantos sitios importantes antes de establecer nuestro punto final del día en Times Square. Una milla interminable donde nunca se hace la oscuridad, copada hasta los puntos más altos de publicidad mayoritariamente para adultos con la estrategia para enganchar a los niños: videos animados graciosos, pantallas de infinitas pulgadas con una amplia resolución que hacen que nunca mires al suelo y estímulos constantes en todas las direcciones. Resulta imposible pisar por primera vez Times Square y no quedarte realmente sorprendido. Sobre todo si te hacen una foto en una tienda de ropa y a los cinco minutos te ves en la calle a tamaño King Kong para deleite de tus ojos y vanidad. No es lo mismo verlo en vivo que a través de un video, pero os podréis hacer una idea de lo que vivimos con esto:



24 horas aquí dan para mucho y terminan siendo agotadoras, así que nos marchamos para el barrio tras el cúmulo de experiencias. Podríamos decir que el día terminó en un minúsculo bar mexicano con cinco taburetes y una barra en la que comimos unos nachos, arroz especiado y mazorcas de maíz fritas. El sitio, de lo más peculiar, tenía unos veinte metros cuadrados de salón, sin mesas y sin clase alguna, pero en la puerta para empleados tenía a un negro tochísimo a modo de portero (¿¿??). De ella, lejos de salir cocineros sudorosos con el delantal grasiento, salían cada dos por tres tías típicas de la portada del vanity fair acompañadas de mexicanos ciclados. Una tapadera clarísima que escondería dentro un negocio de prostitución, drogas, armas o vete tú a saber qué. Esto es Nueva York y nunca lo sabremos.

P.D: Charly aún no ha recuperado su maleta.

DATOS DEL VIAJE:
- Entrada al mirador del Empire State: 20$ piso 86, 35$ piso 201.
- Precio medio del menú en Mc Donalds: 6'70$.
- Para los taxis: Yellow Cab, tel: 760 345 83 98,
ó Valley Cabousine, tel: 760 340 58 45.

24 horas sobre el motor de un avión

A la una y media de la mañana, la ciudad que nunca duerme está más tranquila de lo que yo esperaba, al menos por el barrio en peligro de extinción conocido como Little Italy, y eso que hoy es sábado. El WiFi del hotel no da para mucho, pero haré lo posible -mientras el sueño no me venza- para contaros cómo han marchado las cosas desde hace justo veinticuatro horas, pues allá en Madrid son las siete y media de la mañana.
La tónica de la mañana ha sido despertarme con la primera alarma del móvil a pesar de haber dormido tan sólo tres horas. Un silencio sepulcral me recordaba que el resto de los Router Boys no se habían venido a dormir, a pesar de haberles intentado concienciar de la cantidad de dinero y experiencias que nos jugábamos en este viaje; pero ellos, el espíritu del hedonismo por bandera, decidieron tomarse la antepenúltima, penúltima y última por el centro y descansar lo suficiente para disfrutar de un día un tanto atrabiliario. El caso es resultó gracioso salir al balcón y ver a Luke y Chusy dormir apoyados en la acera, mientras que Charly y John, que se habían desmarcado del grupo en el último tramo de la noche, estaban durmiendo en el descansillo de mi planta.
La operación salida se hizo notar de sobremanera en Barajas, y una cola de 200 personas nos hacía temernos lo peor porque ¿No es en los viajes a Estados Unidos cuando tienes que facturar dos horas antes? Ante la avalancha de gente y una sola persona atendiendo tras la línea de facturación, el vuelo se retrasó más de lo que había sido anunciado en un principio. El primer escollo había sido salvado.
Una vez en Dublín, con una escala récord de más de cuatro horas, decidimos ver la capital de Irlanda en formato .zip, es decir una exquisita selección de entre los monumentos y sitios más importantes que ver. Contando con que el taxi tardó una hora entre la ida y la vuelta, el lector medio de este blog puede hacerse un cálculo mental de lo que nos dio tiempo de ver y hacer en tan poco tiempo. Sonará como si estuviéramos deseando romper nuestra promesa de abstinencia, pero el primer sitio en el que comimos antes de embarcar fue un Supermacs sus hamburguesas hipocalóricas de tropecientas onzas.
Comparar el avión a Nueva York con el avión a Dublín es como comparar un Smart con un señor Mercedes. Un Airbus 330 con todas las comodidades del mundo, lejos de los precarios trayectos continentales europeos modelo Ryanair. Sus casi ocho horas de viaje se hicieron un poco más amenas viendo Alicia en el país de las Maravillas, compitiendo en red con el resto de pasajeros a juegos como hundir la flota o el ajedrez y echando una cabezadita de vez en cuando, aunque dormirme en un medio de transporte es algo con lo que nunca he podido.
La llegada a Nueva York fue un tanto curiosa a la par que surrealista. Un policía de los que no nos han hablado por sus buenos modales nos detuvo antes de engrosar una lista de espera de 500 personas que esperaban para ser identificados en un habitáculo policial, tomar sus huellas, una foto de recuerdo y demás.
- ¿De dónde sois? ¿España? - dijo mirando nuestros pasaportes.
- Sí
- ¿Y sois un grupo? - comentaba señalando nuestras camisetas de Router Boys, digo yo que imaginando que éramos un grupo de música o algo por el estilo.
- Sí.
- Venid conmigo - sentenció con su irregular español.
Y claro, ante la oleada de anécdotas que nos han contado sobre la rigidez policial que caracteriza a las Estados Unidos, íbamos por un corredor cuyo final creíamos que estaba en el avión de vuelta. Sin embargo, nos pasó delante de todo el populacho extranjero que tenía que esperar una cola de unas dos horas aproximadas y nos colocó delante del puesto policial.
- Adiós chicos, pasadlo bien.
Chusy, que tiene la especial habilidad de hablar muy pronto, comentó que la buena suerte nos estaba acompañando, justo cinco minutos antes de ser encerrado en una habitación -nunca llegaremos a saber si como sospechoso o como otra cosa- y justo diez minutos antes de que Charly comprobara decepcionado que habían perdido su maleta. Así que, entre trámites para que iniciaran la búsqueda de su maleta y demás, perdimos la primera tarde de nuestra estancia en Nueva York, en la que esperábamos ver algo de la ciudad. Vimos el Empire State, el Brookling Bridge y otros monumentos, sí, pero desde la ventana del Metro de camino al hotel. 7'25$ por el viaje nos hicieron añorar el tan criticado Metro de Madrid, que a la larga veo que es el mejor en el que he viajado. Me desprendía de esta manera tan cruel del primer dólar que conseguí en mi vida, incluido en la colección del kiosko de billetes y monedas del mundo cuando sólo tenía diez años.
El hotel es bastante kuko, en la frontera con Chinatown, un barrio que pocos como yo ven su encanto, criado parte de su vida en Lavapiés. La segunda sopresa vino cuando en el hotel nos cobraron cien dólares más de lo que venía en la factura de Internet, supuestamente como impuestos de Estados Unidos. Nos quedamos con la mosca detrás de la oreja, pues los americanos y gente ajena a la Unión Europea no paga impuestos cuando compra en Europa, por lo que John y yo nos hemos propuesto ir a la embajada para ver si realmente tenemos que pagar impuestos como todo americano de a pie. Eso será en los próximos días, puesto que esa noche no pudimos hacer más que tomar una cerveza en el bar de abajo del hotel e irnos a dormir. El sueño me hizo dejar este artículo a medias y lo he tenido que terminar esta mañana. Ahora marchamos a conocer Nueva York un poco, mientras que Charly y John vuelven al aeropuerto para coger el coche a Washington. Volverán mañana, y para entonces espero que vayan con mejor pie las cosas y haber escrito un nuevo episodio de nuestras aventuras en el país de los sueños y las ejecuciones®. Nos haremos notar por aquí.

Comienza la aventura

Quizás dentro de tres horas nos estaremos arrepintiendo de haber estado hasta tan tarde, de haber bebido un poco más de la cuenta, de decir cosas de las que luego nos arrepentimos, de darlo todo por una horas con los nuestros... pero nadie nos quitará la velada que hemos pasado junto a nuestros seres más queridos, en las que nos hemos juntado personas de distinta procedencia, pero con amigos en común. En poco más de tres horas estaremos en pie y no podremos con la que se nos viene encima, pero podremos decir que ha merecido la pena gracias a todos aquellos que nos han acompañado esta noche y desde estos momentos forman parte de esta aventura. A todos os queremos ver a la vuelta para celebrarlo nuevamente.

Volveremos a dar señales de vida, no lo dudéis... pero esta vez a más de 5.000 kilómetros de nuestros hogares. No nos perdáis la pista.

Esto no es un adiós... es un hasta la vuelta


A poco más de 24 horas para que toda esta locura comience podemos decir que -ahora sí que sí- estamos sintiendo los nervios que debían preceder a este proyecto y que hasta ayer no hicieron acto de presencia. El hecho es que hoy no ha dejado de ser el típico día precedente a las vacaciones de todo ciudadano medio de a pie, donde los preparativos han colmado las actividades del día, sin tiempo para pensar en otra cosa que no sea lo que vamos a necesitar a miles de kilómetros de nuestras casas.

Mañana partimos. Quedan poco más de veinticuatro horas, pero las formalidades del despido ya han tenido lugar, y la mayor parte de nuestra microsociedad se ha quedado con las ganas de hacerlo. Por ello pensamos hace poco más de un mes hacer una fiesta de despedida. Algo lejos del desmadre que nos ha acompañado en nuestra temprana juventud, pero con carácter lúdico-festivo que sirviera para juntarnos a todos un poco más. Queríamos hacer algo significativo y cogimos un pub en el centro de Madrid. El sitio es de lo mas kuko y se encuentra entre Tirso de Molina y Lavapiés. La fiesta comenzará a partir de las 21:00. Tubos de cerveza a 1'5 y copas a 5. Aperitivos americanos y el rock, folk y country más auténtico para la ocasión. Para todos nuestros colegas, familias y para todo aquel que esté leyendo esto, no sepa qué hacer el viernes por la noche, le mole la idea y le pille de paso el sitio. Mayormente, para saber qué se siente en las horas previas a esta hazaña que dará mucho que hablar. Estáis todos invitados.

Que no te lo cuenten

Planning quasi-definitivo del viaje


El plan era el siguiente: recorrer Estados Unidos de costa a costa. Sobre una mesa de la Taberna La Fundación, planos, bolígrafos, un cuaderno que se convertiría en testigo de todo lo tratado en cada reunión, cervezas, tapas y guías de Estados Unidos. Justo en la presentación de Luke como cuarto pasajero de la Ruta, Chusy me llamaba por teléfono:

- Bola, cierra el cupo. Yo quiero ser el quinto pasajero.

Debería haber fotos de ese día, pero hay detalles que se pasan por alto sin saber que serán realmente significativos en un futuro. Fue en la segunda quincena de febrero, llevábamos hablándolo desde el verano pasado, pero esa reunión supuso la primera piedra de este proyecto. Tuve que explicar una vez más qué era la Ruta 66 y lo que había supuesto para el desarrollo y la vida en general de los Estados Unidos.

- Pues a mí me ha dicho un camionero que la Ruta 66 empieza en Nueva York y no en Chicago.
- Pues debe ser otra carretera, porque la 66 empieza en la Ciudad del Viento.

Podíamos haber hecho otra de las grandes rutas del mundo, pero esa noche en el Hard Pool el verano pasado nos marcó mucho. Con la lección aprendida, sabíamos el gordo de la teoría, pero nos costaba aún ponerlo en práctica. Había tantas cosas que ver, que 15 días se nos hacían cortos.

- Yo estuve calculando a pie de mapa el recorrido y nos sale un viaje de 25 días para verlo todo.
- Pues que sean 25 días, no se hable más.

Todo salía a pedir de boca, o al menos eso parecía según reflejaba nuestro semblante. Alrededor de la mítica 66 aparecían numerosas atracciones turísticas dignas de ver, y el kilometraje iba aumentando por momentos. Reservado el vuelo y alquilado el coche, incluso los 25 días se nos hacían cortos. Yo preparé un dossier bastante elaborado sobre las etapas de cada viaje y lo que había que ver en cada punto del camino, pero mi trabajo me impedía dedicarle el tiempo que necesitaba y el dossier se quedó sin terminar a la altura del tercer Springfield del camino. Luke, por su parte, a golpe de tiralíneas trazó un mapa envidiable, con alguna jornada extenuante de 700 kms., pero donde no hay rincón que queramos visitar que haya quedado fuera de nuestro alcance. Si queréis consultar cuál será nuestra ruta final, la podéis ver en este enlace:




Ver Nuestra Ruta 66 en un mapa más grande

- Oye, y el blog ¿cómo se llamará?
-Te dejamos que le pongas el nombre tú.

8.200 kilómetros de nuevo mundo, gente por conocer y anécdotas a cascoporro. Carretera sin señales. Sólo quedan dos días para nuestra marcha.

Sea inteligente... llámenos con Skype

Chulería tecnológica

A una semana de partir a las américas, aún no tenemos asimilado que el viaje es inminente. Llevamos tantos meses preparándolo que todavía parece cosa de un futuro lejano. Tal vez no seamos conscientes de lo que vamos a hacer hasta que estemos corriendo por los interminables pasillos de Barajas, o tal vez cuando estemos alzando la vista para contemplar los rascacielos de Nueva York. Lo que no sabemos es cuánto nos va a costar la broma, y es que los cálculos nunca fueron lo nuestro. Viendo las hojas de gastos de expediciones anteriores a la nuestra veíamos que el viaje no superaría los 2.000€, pero es que esos viajes fueron realizados en tiempos de bonanza económica, cuando el euro estaba a 1'50-1'60 con respecto al dólar, y en estos tiempos que corren las cosas se han igualado un poco (1'25-1'30, dependiendo del día). Una cosa tenemos clara, y es que viajes así se hacen sólo una vez en la vida, por lo que no hay que escatimar en gastos a la hora de ver todo lo que hay que ver, y eso que en América hay que pagar por ver todo lo que merece la pena, desde la Estatua de la Libertad en Nueva York hasta un pueblecito indio en Santa Fe, incluso el Cañón de Colorado y el Monument Valley. Nos vamos a dejar la nómina en la carretera, pero tampoco queremos quedar entrampados lo que queda de año, por lo que hay que recortar gastos de algún flanco: las comunicaciones.
Nos costará trabajo actualizar el blog cada día, que lleva lo suyo, pero es algo que prometimos y haremos siempre que la Wi-Fi esté con nosotros. Este blog fue creado principalmente para abastecer de información sobre nuestras andanzas a los familiares y amigos, pero es que los familiares no se conforman con esto. Hay veces que quieren que hagamos una llamada para verificar que estamos vivos y que no son otras personas las que escriben aquí, pero es que se creen que nuestro móvil es como su fijo, que tiene minutaje ilimitado a coste cero. Consultando con los centros de atención al cliente de Movistar, Vodafone, Orange y Yoigo nos han dado la estupenda noticia de que el establecimiento de llamada y el primer minuto de Estados Unidos a España nos costaría como hablar media hora en territorio español. Con precios así no tendremos más opción que apagar los móviles cuando pisemos suelo estadounidense, no vaya a llamarnos algún desaprensivo o alguien que se equivoque de número y nos quite el presupuesto para la comida de ese día. Las únicas soluciones consisten en:

1.- Comprar una tarjeta telefónica internacional, de esas que se venden en los locutorios. En Italia, por 5€ podías hablar hasta media hora con Europa, aunque a la hora de la verdad te dan la mitad de tiempo. Será diferente en llamadas transoceánicas, pero seguramente merezca más la pena que los planes de precios de las compañías móviles españolas.
2.- Tirar de Skype. Es el sistema más eficiente para estar en contacto con nuestra familia, amigos y todo aquel que quiera agregarnos. El tiempo de poder estar en contacto telefónico con nosotros se reducirá a un par de horas al día en la noche americana, pero la llamada será gratuita y nos podremos ver las caras por la web cam.

Entre nosotros hemos pensado en comprar terminales americanos, porque no vamos a estar juntos las 24 horas del día durante los 26 días del viaje, pero no sabemos si es difícil darse de alta en una línea de teléfono móvil allí, y más siendo extranjeros de paso.
Para todo aquel que se encuentre en una situación similar a la nuestra y vaya a emigrar a Estados Unidos, adjuntamos las tarifas telefónicas de los operadores españoles con red fija (porque, amigo, si tienes línea con un operador virtual, despídete de tener servicio en el extranjero. Al final lo barato puede acabar saliendo caro). Una vez más, pedimos un poco de compasión. Olvídense de nuestros números y anoten nuestra cuenta en Skype: routerboys.





American way of life



No es lo mismo ser un turista que un viajero en esta vida. Mientras el turista colecciona fotografías de los principales monumentos de las ciudades, el objetivo del viajero enfoca a las personas que le rodean allá donde esté, a toda esquina digna de ser fotografiada y a todo aquello que sorprenda por lo nuevo y extraño que lo caracteriza. El turista se hace destacar entre el resto de la gente, delimitando su terreno a la sombra de su guía y al recinto vacacional con pulseratodoincluido. El viajero se camufla entre la gente del lugar, imita sus costumbres y posee cierta avidez de aprendizaje sobre el cómo y el porqué de sus vidas. Este viernes, en una fiesta de cumpleaños, Chusy y yo debatimos con otras personas acerca de la posibilidad de comer insectos si viajáramos a Oriente, como es de costumbre allí. Yo expuse mi argumento universal, y es que hay algo que nos une a todas las culturas del mundo, y es que su gastronomía no es venenosa ni resulta mortal, por lo que no tendría ningún problema en probar esos exóticos manjares que desde el Saber Vivir han recomendado en alguna ocasión por su alto contenido vitamínico. Oriente es algo más que la Muralla China y las luces de neón de Tokio.
A principios de este proyecto, preguntando por el precio de los vuelos, nos ofrecieron una viaje organizado por toda la Ruta 66. Así, como el que va al museo y necesita que se lo expliquen absolutamente todo. Lo rechazamos, claro está. El viajero se diferencia del turista en que no tiene un recorrido marcado ni tiene que estar a las siete de la tarde en el punto de encuentro. El alma de la Ruta 66 está en el camino, no en la meta, no en las postales para la familia ni escatimar en dedicar a ciertos lugares más tiempo del estimado. Como explicamos en el anterior artículo, hay cosas que molan más hacerlas en el último momento, casi de improvisto, y estoy seguro de que las sorpresas que nos depara la carretera serán mayores si no tenemos un entendido al lado que nos cuente el final de la película. De la misma manera, en los últimos tiempos hemos intentado contactar con estadounidenses que nos enseñen los secretos de la América profunda, tanto en los valles como en las grandes avenidas de las ciudades. Por ahora hemos conseguido unos cuantos contactos yankees, pero este blog está abierto a toda aquella persona que quiera ofrecerse a enseñarnos todo lo que no está escrito en las guías de turismo de Estados Unidos. Y cuando decimos todo, queremos decir TODO.
Nuestro afán por conocer en primera persona el American way of life nos ha llevado a elaborar una lista de costumbres y espectáculos típicos americanos para ir haciendo a lo largo del recorrido dependiendo en todo momento de cómo estén de saneadas nuestras tarjetas de crédito. De esta manera podremos meternos a la vez en la piel del turista, del viajero y del americano medio de a pie, unidos por un mismo espectáculo como se unen las mocitas madrileñas y el japonés con su cámara en la Las Ventas o en el Santiago Bernabeu cualquier tarde soleada de domingo. Nos hemos marcado un mínimo de dos acontecimientos, pero podrían ser más. Ésta es la lista de los mismos, que supone a su vez la primera encuesta que hacemos en el blog para que todo lector que se pase por aquí deje su voto según los espectáculos que le gustaría ver. Os invitamos a participar:
- Un partido de baloncesto
- Un partido de béisbol
- Un partido de fútbol americano
- Un partido de hockey sobre hielo
- Un musical de Broadway
- Una película en un cine de coches al aire libre
- Un espectáculo de vehículos aplastacoches
- Una carrera de Fórmula Nascar
- Un concierto de Cindy Lauper en un casino de Albuquerque
- Un rodeo americano
- Una persecución policial en Los Ángeles
- Un parque de atracciones americano
- Una velada de boxeo
- Un combate de lucha libre
- Un espectáculo de cabaret
- Una fiesta universitaria
La votación se encuentra en el menú de la derecha, justo debajo del traductor. Se cerrará el 31, día de nuestra partida. Gracias por votar.

Compartiendo costumbres

Hotel, dulce hotel...


La semana pasada estuvimos calculando la Ruta "definitiva" a realizar y la calculadora echaba humo ¡8.200 Kms.! Un viaje con una media de 330 kms. diarios, sin contar con que habrá días que dediquemos íntegros a las grandes ciudades como Nueva York, Chicago, Boston, Las Vegas...
Decimos "definitiva" entre comillas porque en viajes de tal envergadura van apareciendo planes alternativos durante la marcha que acaban alterando la Ruta en mayor o menor medida. Es por ello que el tema de los hoteles es algo que no podemos reservar con antelación, puesto que el destino final de cada día en la ruta es incierto y no se sabe en qué pueblo o ciudad acabaremos, por lo que partimos hacia Estados Unidos con la única certeza de tener reservados los hoteles de las dos primeras noches en Nueva York y la última en Los Ángeles, las únicas seguras. Charly y John, por su parte, han reservado también una habitación doble en Washington, cambiando la Gran Manzana por la Capital en los primeros días al haber viajado a la primera en las navidades de 2008.
En sus tiempos pensamos alquilar una autocaravana en lugar del Cadillac, pero nos echó atrás por dos razones:
1.- El precio del alquiler rondaba los 6.000 €, más de cinco veces lo que suponía el alquiler del coche. Al respecto nos ahorraríamos los hoteles, sí, pero al cambio salíamos perdiendo.
2.- (ironic mode on) El encanto de los hoteles de carretera (ironic mode off) y el gusto de despertarse cada día en una habitación distinta con la incertidumbre que producen los primeros segundos de no saber en qué punto del país estás, eso no tiene precio.
Ajustando el planning al qué pasará, Internet hará el resto, reservando las habitaciones en la jornada anterior a nuestra llegada a cualquier punto. Que sí, que es más fácil y cómodo reservar con unas cuantas semanas de antelación, pero las grandes anécdotas de los viajes surgen siempre a raíz de los impedimentos y complicaciones de última hora. A la hora de hacer la reserva hemos tenido en cuenta las que -posiblemente- sean las mejores páginas webs a la hora de reservar habitación en todo el mundo:

1.- Booking: Grandioso buscador de hoteles según las características que quieras, la localización, el precio, los servicios... todos los campos están en orden para poder escoger la habitación deseada al mejor precio.

2.- Venere: Otro buscador bastante efectivo, en el que juegan un papel muy importante las opiniones que los usuarios de la web vierten acerca de su experiencia en los hoteles para elegir entre uno y otro. Es fácil encontrar la opción de elegir directamente el número de habitaciones y de huéspedes que vamos a ser, a la hora de encontrar los pocos hoteles que tienen habitación para cinco personas como nosotros buscamos.

Aparte de estos dos buscadores de carácter internacional, hay cadenas de moteles distribuidas por toda la geografía estadounidense, Ruta 66 incluida; serían algo así como los Hoteles Ibis y Formula 1 de Estados Unidos. La calidad no está reñida con el precio, pero el lujo no está incluido en el paquete. De estas cadenas, las más famosas son: Motel 6, Super 8 y Days Inn, entre otras. En más de 8.200 kilómetros de asfalto son centenares los hoteles que nos encontraremos, tanto en las ciudades como en la carretera. Definitivamente, no es ni de lejos una de nuestras mayores preocupaciones a la hora de cargar con nuestro equipaje y poner rumbo a Estados Unidos. Si fuese éste nuestro mayor problema...

Hermanos mayores


El que suscribe y redacta este blog ha tenido desde hace muchos años la ilusión de recorrer la Ruta 66. No sabría decir el día exacto ni el período aproximado en el que esa idea entró en mi cabeza para no salir hasta verse realizada, pero sé que no es cosa de ayer ni de anteayer precisamente, estoy hablando de años. Tal vez haya sido producto de los libros y road-movies, que tienen ese nosequé que te acaba enganchando, te meten en la piel del protagonistas y acabas siendo un ente mimético capaz de pensar como ese personaje ficticio.
El hecho es que esa chispa que prendió dentro de mí fue avivada por la revolución informativa que ha producido Internet en la sociedad mundial, capaz de reducir todo lo que sucede en tiempo real a una pantalla de ordenador o un móvil de última generación. Esta caja lista ha traído hasta mi casa aventuras de personas ávidas de emoción, personas que son reales y a través de las cuales he podido empezar a saber que se siente sobre el asfalto de la Ruta 66. Son éstos, nuestros hermanos mayores, hijos de ruta todos ellos, los que me han hecho dar el paso definitivo, hacer realidad esta locura y reclutar a otros cuatro locos que respaldaron mi propuesta. Por ello quería agradecerles esa idea que tuvieron un día de hacer un blog y transmitirnos que este viaje merece la pena con la misma emoción que Marco Polo mostraba en sus crónicas a la sociedad del siglo XIII. Éstos son los cinco blogs que más nos han influido y que recomendamos:

Seguramente el blog sobre la Ruta 66 escrito en español más conocido de la Red. Es una gozada leer esos artículos, más que por la información que aportan, por el estilo en el que están escritos. De Alcorcón y Leganés tenían que ser, vecinos nuestros.

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero este blog narra el viaje de dos parejas que iban a hacer el viaje en 2009 y las circunstancias les separaron en el tiempo. Una pareja la hizo ese año y la segunda pareja partirá 15 días antes que nosotros. Tal vez nos los encontremos por aquellos lares.

El trabajo de estas dos periodistas argentinas es realmente envidiable. Cubrieron la Ruta 66 durante las elecciones más importantes de los últimos tiempos, las que enfrentaban a Obama y Mc Cain. Contaron en directo con todo lujo de detalles las impresiones y datos que poco a poco vaticinaban lo que todos ya esperábamos: la victoria de Obama. Frutos de este trabajo fueron el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano a la mejor cobertura en Internet 2008 y el Premio rey de España.

Estos cinco chicos del País Vasco y Cantabria no sólo se curraron un gran viaje, sino que son los únicos que a día de hoy siguen actualizando el blog con cierta regularidad con noticias interesantes sobre Estados Unidos y la Ruta 66, a pesar de haber finalizado su viaje hace casi dos años.

Posiblemente sea éste el blog más crítico que hay sobre la Ruta 66. Al autor del mismo y su chica no les fue mucho en líneas generales el viaje y así lo refleja en sus líneas. Bueno es también saber el lado negativo de las cosas, que no todo en la vida es de color de rosa.

A todos ellos les felicitamos por sus blogs tan instructivos y les invitamos a que se pasen por el nuestro para orientarnos un poco durante la dura y larga travesía. Os lo agradeceremos eternamente.

Un guiño desde Atrápalo.com


Esta semana Ruta 66: El blog ha tenido una pequeña reseña en el blog de Atrápalo.com, donde nos describían como "uno de esos blogs que dan envidia, y mucha". Nos han vendido la moto bastante bien, pues en estos días se han incrementado notoriamente las visitas; han puesto su granito de arena para que más personas conozcan el blog y eso es algo de agradecer viniendo de donde viene, los especialistas en viajes.

Nosotros, por nuestra parte, andamos con los nervios a flor de piel, a 24 días de nuestra partida y con asuntos que arreglar aún, como la planificación del viaje para ver el máximo posible de cosas durante los 25 días, el hotel del último día (que es el único punto seguro junto con la llegada), seguros de viaje y demás. Cualquier error que cometamos en estos días puede tener un mal desenlace. Que el Boss nos pille confesados.

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